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Volver a unir el Reino Unido

LONDRES – Al final, la democracia acudió al rescate. El pueblo escocés votó por la permanencia en el Reino Unido, por un cómodo margen de alrededor del 10%. El resultado se debió en buena medida a la campaña de tres políticos laboristas: Alastair Darling, Gordon Brown y Jim Murphy.

Hubo momentos en que parecía que el resultado sería mucho más parejo, o incluso que los británicos nos enfrentaríamos a la tarea de desmembrar un país que durante siglos reunió a cuatro comunidades nacionales: Inglaterra, Gales, Irlanda del Norte y Escocia. Los escoceses han sido parte del estado británico por más de trescientos años, y un elemento fundamental de la cultura protestante, imperial, aventurera y volcada al exterior que forjó la identidad británica. Aunque esa identidad se fracturó, espero que la ruptura no sea irreparable. Pero de todos modos, ya nada será lo mismo.

Ahora el pueblo de Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte (que a fin de cuentas no recibió un rechazo) deberá esforzarse por rescatar algo valioso de los pasados debates, que a veces fueron ásperos y divisorios. Tenemos que mostrar magnanimidad, virtud difícil de practicar incluso en el mejor de los tiempos. Pero antes de encarar el desafío, ¿qué enseñanza nos dejó este paseo al borde del abismo?

A pesar de la enorme concurrencia de los escoceses a las urnas, los referendos son un modo lamentable de intentar resolver grandes cuestiones políticas. Quienes establecieron y desarrollaron la democracia parlamentaria en Gran Bretaña lo sabían muy bien. Los referendos son el recurso favorito de los populistas y los dictadores en potencia. Subsumen cuestiones complejas en un solo día de votación y en una única pregunta que, en muchos casos, ni siquiera es la que mucha gente realmente está respondiendo. Las democracias parlamentarias no deberían tener ningún lugar para referendos.