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La elección del próximo líder del FMI

NUEVA YORK – Antes de lo esperado, el Fondo Monetario Internacional tendrá un nuevo director gerente. Durante más de una década, critiqué la gobernancia del Fondo, simbolizada por la manera en que se elige a su líder. Por acuerdo de caballeros entre los accionistas mayoritarios -el G-8-, el director gerente tiene que ser europeo, mientras que los norteamericanos ocupan el puesto número dos y están a la cabeza del Banco Mundial.

Los europeos normalmente elegían a su candidato en bambalinas, al igual que los norteamericanos, luego de una simple consulta superficial con los países en desarrollo. El resultado, sin embargo, muchas veces no era bueno ni para el FMI, ni para el Banco Mundial ni para el mundo.

El nombramiento más tristemente célebre fue el de Paul Wolfowitz, uno de los principales arquitectos de la Guerra de Irak, para liderar el Banco Mundial. Sus criterios allí no fueron mejores de los que involucraron a Estados Unidos en esa aventura desastrosa. Tras colocar la lucha contra la corrupción al tope de la agenda del Banco, se fue a mitad de su mandato, acusado de favoritismo.

Finalmente, conforme pareció surgir un nuevo orden tras la Gran Recesión fabricada por Estados Unidos, el G-20 acordó (o al menos eso se creía) que el próximo director del FMI sería elegido de una manera abierta y transparente. Se suponía que el resultado de ese proceso casi con seguridad daría como resultado un director gerente proveniente de un país de mercados emergentes. Después de todo, la principal responsabilidad del FMI es combatir las crisis, que en su mayoría han sido en los países en desarrollo -más de cien desde que comenzaron las políticas desastrosas de la desregulación y la liberalización financiera hace unos 30 años-. Hubo muchos héroes de esas batallas en los mercados emergentes.