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Los peligrosos don nadies de China

Desde su reinvención por Pierre de Coubertin, los Juegos Olímpicos siempre han estado politizados. Los primeros se celebraron en 1896 en Atenas para abochornar a los turcos, que aún ocupaban el norte de Grecia. Los de Berlín en 1936 celebraron el triunfo de la ideología nazi. Los de Seúl en 1988 abrieron la puerta para la democratización de Corea del Sur.

Los Juegos Olímpicos que se celebrarán este verano en Beijing no serán menos políticos, pero, ¿se parecerán a los de Berlín o a los de Seúl? ¿Constituirán la apoteosis de un régimen autoritario o el comienzo de su fin?

Muchos observadores optimistas de China, con frecuencia conciliadores por sus estrechas relaciones con el régimen comunista, apuestan por una suave transición del despotismo a una sociedad abierta, pero ciertos acontecimientos recientes no respaldan semejante interpretación benigna. Desde el comienzo de este año, la represión de activistas, abogados y titulares de bitácoras en la red Internet defensores, todos ellos, de los derechos humanos ha sido más dura que nunca.

No se conoce el número exacto de disidentes democráticos que han sido encarcelados o han sufrido una suerte peor. No hay forma de contar las víctimas desconocidas ni de saber por qué son condenadas a muerte y ejecutadas. No sabemos cuántas son enviadas sin juicio a “centros de reeducación”. A falta de estadísticas fiables, centrémonos en dos figuras icónicas del movimiento prodemocrático chino: Hu Jia y Chen Guancheng.