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¿Qué debería hacer China?

STANFORD – Las torpes medidas adoptadas por el Gobierno de China para contener la reciente inestabilidad del mercado de valores –la más reciente iniciativa ha sido la de prohibir las ventas al descubierto y las ventas de los accionistas más importantes– han dañado gravemente su crédito, pero los fallos normativos de China no deben sorprender. Sus autoridades distan de ser las primeras que gestionan mal los mercados financieros, las divisas y el comercio. A comienzos del decenio de 1990, muchos gobiernos europeos, por ejemplo, padecieron pérdidas humillantes por defender divisas que estaban desajustadas.

Aun así, la economía de China sigue siendo una causa de gran incertidumbre. De hecho, aunque los resultados del mercado de valores de China y los de su economía real no han estado estrechamente correlacionados, está en marcha una importante desaceleración, que constituye un motivo de grave preocupación para los ministros de Hacienda, los bancos centrales, las salas de contratación bursátil y los importadores y exportadores de todo el mundo.

El Gobierno de China creyó que podía organizar un aterrizaje suave en la transición de un tórrido crecimiento económico de dos cifras, estimulado por exportaciones e inversiones, a un crecimiento constante y equilibrado, sustentado por el consumo interno, en particular de los servicios, y, en realidad, aplicó algunas políticas y reformas sensatas.

Pero el crecimiento rápido ocultaba muchos problemas. Por ejemplo, hubo  funcionarios que, con la intención de lograr ascensos alcanzando metas económicas a corto plazo, hicieron asignaciones de recursos inadecuadas; industrias básicas, como la siderúrgica y la cementera, acumularon una enorme capacidad excesiva; y en los balances de los bancos y las administraciones locales se acumularon los créditos fallidos. En ningún caso resultan más patentes los problemas debidos a ese planteamiento que en los intentos de planificación urbanística, que entrañaban la construcción de grandes ciudades nuevas –junto con sus modernas infraestructuras y viviendas abundantes– que siguen vacías. En cierto sentido, esas “ciudades fantasma” se parecen a las aldeas Potemkin del imperio ruso, construidas para dar una impresión ilusoria a la Zarina de paso, pero las ciudades fantasma de China son reales y es de suponer que estuvieran destinadas a algo más que halagar a los dirigentes del país.