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El dilema del emperador Xi

LONDRES – Una vez conversé con una académica china, cuyos padres huyeron de China en la década de 1930, horrorizados por la codicia y la corrupción que asolaban el país antes de la revolución comunista. Después de 1949, los dos dejaron cómodos puestos de trabajo en universidades californianas y regresaron para ayudar a construir una nueva China.

El padre de mi interlocutora padeció las campañas antiderechistas de los cincuenta y la Revolución Cultural de los sesenta y setenta; murió destruido después de una condena a prisión. Pero la madre nunca perdió la fe en el liderazgo del Partido Comunista de China (PCCh). Consideró que los sufrimientos de su esposo habían sido un precio personal a cambio de un bien mayor.

Pero el avance de la corrupción le amargó los últimos años. Murió convencida de que ella y su marido habían sacrificado sus vidas para nada. La ponzoña inmoral de los años treinta había vuelto a China.

Ya cerca del final de 2014, la lucha contra la corrupción ha llegado a consumir (y con razón) buena parte de la energía y la atención del presidente chino, Xi Jinping. Transparency International, un organismo dedicado a vigilar la corrupción en todo el mundo, sitúa a China como el 80.° país más corrupto del mundo, entre Grecia y Túnez. Con cada nuevo caso que se conoce de funcionarios públicos que exhiben relojes Rolex, andan en Maserati y saben mucho de paraísos fiscales en el extranjero, crece la desconfianza del pueblo chino hacia el PCCh.