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China, las Olimpiadas y el liderazgo global

Al parecer, todo el mundo considera a China como la próxima gran potencia global. Un viaje a Beijing no cambia esa impresión. En medio del polvo, el ruido, las chispas de las soldadoras, las flotillas de revolvedoras de cemento y grúas de construcción está tomando forma el escenario de los Juegos Olímpicos de verano de 2008. El visitante se siente insignificante ante la magnitud caótica de esta empresa épica.

Pero al observar la escena desde el todavía incompleto Centro Morgan, el complejo de departamentos de lujo (donde la renta anual es de 800.000 dólares) y un hotel de siete estrellas que se está construyendo junto a las instalaciones olímpicas, uno queda impresionado no sólo por las dimensiones del proyecto sino por su diseño atrevido. Abajo, se ve el entramado del estadio olímpico “nido de pájaro” diseñado por Herzog & de Meuron. Junto a él está el impresionante centro acuático “cubo de agua”, de diseño chino-australiano.

No sorprende que después de los juegos, los líderes del Partido Comunista Chino tienen previsto abandonar sus pabellones retro en Zhongnanhai, el enclaustrado complejo detrás de la Ciudad Prohibida y mudarse a un nuevo “campus” adyacente al Olympic Green, el nuevo centro de poder de China. Los líderes chinos ven a las Olimpiadas no sólo como una celebración nacional, sino también como la mayor fiesta de presentación nacional de la historia.

Al sentir la impresionante energía que se ha desatado en Beijing, es fácil creer en las aspiraciones de China de regresar a una posición de riqueza y poder mundial. En efecto, durante el último medio siglo, cada vez que los chinos se han decidido, han demostrado una fuerza y determinación extraordinarias, ya sea al adoptar la revolución de Mao o en la manera igualmente irrestricta en la que están llevando a cabo la contrarrevolución económica iniciada por Deng Xiaoping.