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Palabras vanas en Cachemira

Después de dos años de una intermitente política de la cuerda floja, la India y el Pakistán vuelven a hablar sobre la forma de resolver sus diferencias, en lugar de lanzar amenazas y bravuconadas nucleares, pero, ¿tienen las conversaciones ahora en curso más posibilidades de éxito que las innumerables negociaciones fracasadas que han caracterizado los cincuenta últimos años?

El 25 de noviembre de 2003, la India y el Pakistán acordaron un cese del fuego a lo largo de la línea de control (LoC), la frontera internacional que divide la Cachemira india de la pakistaní, y la línea de control actual del terreno (AGPL) en la estratégica región de Siachen. Así, el cese del fuego comprende una superficie enorme: los 778 kilómetros de la LoC, los 150 kilómetros de la AGPL y los 198 de la frontera internacional. Gracias a ello, se allanará el terreno para la celebración de un diálogo positivo en la reunión de la Asociación para la Cooperación Regional del Asia Meridional (SAARC) que se celebrará en Islamabad los días 4 y 5 de enero.

Además, el Pakistán ha renunciado en parte a su exigencia -que data de la creación de la India y del Pakistán hace algo más de medio siglo- de un referéndum con supervisión internacional en Cachemira para determinar la soberanía de esa provincia. Se trata sin duda de una concesión valerosa, pero la India tiene un criterio más riguroso para creer en una actitud de verdad seria por parte del Pakistán sobre la consecución de un acuerdo de paz: quiere que ese país desmantele la infraestructura de terrorismo transfronterizo, en particular, los campamentos en los que se entrenan los separatistas cachemiríes y sus hermanos yihadi internacionales.

Sin embargo, a ambas partes les resulta difícil imponerse a los violentos militantes que mantienen hirviendo la olla cachemirí. En la India y el Pakistán, Cachemira es la cuestión nacional por antonomasia. Todos los gobiernos indios y pakistaníes abrazan la causa cachemirí, como recurso para desviar la atención de sus fracasos y también porque temen la reacción de sus públicos, si los ven rindiéndose ante el enemigo tradicional respecto de una cuestión tan decisiva.