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La errada guerra contra las drogas en Europa Central

VARSOVIA– Este verano se cumplen dos décadas del inicio del fin de los regímenes comunistas de Europa Central, desde Talin en el Báltico a Tirana en el Adriático, abriendo paso a una época de elecciones libres, reformas de mercado y mayores libertades civiles. Desde entonces, los países de Europa Central y del Este han recorrido un largo camino. Varios de ellos hoy son miembros de la Unión Europea. Mi patria, Polonia, disfruta de una economía estable y unos medios de comunicación florecientes.

Sin embargo, Polonia, al igual que varias de las otras nuevas democracias de nuestra región, sigue anclada en el pasado en lo referente al trato humano hacia los usuarios de drogas. De hecho, a lo largo del antiguo bloque soviético existe una perturbadora tendencia a utilizar métodos anticuados, conservadores y drásticos para abordar el consumo de drogas ilegales.

Por ejemplo, Gdansk -lugar de origen del movimiento Solidaridad- no tiene un solo centro de tratamiento de metadona. Las personas deben viajar tres horas para obtener la medicina que, como está comprobado, controla la ansiedad y reduce los daños causados por el consumo de drogas. Y esos son quienes tienen suerte. Apenas un 5% de los usuarios de opiáceos en Polonia tiene acceso a la metadona, en comparación con el 40% en Alemania.

En lugar de centrarse en un tratamiento que funciona, el gobierno polaco ha escogido dar prioridad a centros de rehabilitación a largo plazo en recónditos lugares del interior del país y que tienen poco -si es que no nada- que ver con una medicina basada en evidencias. Polonia también ha optado por abordar la posesión de hasta las cantidades más pequeñas de drogas como delito, tal como lo evidencia el hecho de que el 60% de las personas sentenciadas por posesión de drogas en Polonia son fumadores de marihuana.