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Los bancos centrales y el inminente ajuste de cuentas financiero

NUEVA YORK – Desde comienzos de 2020, los bancos centrales en todas las economías avanzadas han tenido que elegir entre priorizar la estabilidad financiera, una inflación baja (normalmente del 2%) o la actividad económica real. Sin excepción, han optado a favor de la estabilidad financiera, seguida por la actividad económica real y, por último, la inflación.

Como resultado de ello, el único banco central entre las economías avanzadas en aumentar las tasas de interés desde el comienzo de la pandemia del COVID-19 ha sido el Norges Bank de Noruega, que elevó su tasa de política de cero a 0,25% el 24 de septiembre. Si bien ha sugerido que es probable que haya un incremento adicional de la tasa en diciembre, y que su tasa de política podría llegar al 1,7% hacia fines de 2024, esto no hace más que poner de manifiesto la extrema reticencia de los responsables de las políticas económicas a implementar el tipo de aumentos de la tasa de interés que se necesitan para alcanzar una meta de inflación del 2% de manera consistente.

La abrumadora reticencia de los bancos centrales a implementar políticas de tasa de interés y balances compatibles con sus metas de inflación no debería sorprender. En el período transcurrido entre el inicio de la Gran Moderación a mediados de los años 1980 y la crisis financiera de 2007-08, los bancos centrales de las economías avanzadas no le asignaron suficiente peso a la estabilidad financiera. Un ejemplo claro fue la pérdida por parte del Banco de Inglaterra de todos los poderes de supervisión y regulación cuando se le otorgó independencia operacional en 1997.

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