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Los bancos centrales y la venganza de la política

FRANKFURT – La reputación de los bancos centrales siempre tuvo sus altibajos. Aunque estos últimos años su prestigio se mantuvo extraordinariamente alto, ahora parece inevitable una corrección, y una de las primeras víctimas será la independencia de los bancos centrales.

La reputación de estas instituciones llegó a la cima en los últimos años del siglo anterior y principios de este, gracias a lo que se conoció como la “gran moderación”. La inflación (baja y estable), el crecimiento sostenido y el alto empleo llevaron a muchos a ver a los bancos centrales como una especie de “amos del universo”, que podían (y debían) manejar la economía en beneficio de todos. Que al presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos, Alan Greenspan, se lo apodara “Maestro” es buen ejemplo de esta apreciación.

Al principio, la crisis financiera global de 2008 reforzó aun más la reputación de los bancos centrales. Las acciones decididas de las autoridades monetarias fueron fundamentales para evitar una repetición de la Gran Depresión, y les valieron nuevos elogios cual salvadoras de la economía mundial.

Pero los éxitos de los bancos centrales alimentaron expectativas demasiado altas, lo que alentó a la mayoría de las autoridades políticas a delegar casi toda la gestión macroeconómica a las autoridades monetarias. Esta “sobrecarga de expectativas”, y la consiguiente “sobrecarga operativa”, terminaron dejando al descubierto las verdaderas limitaciones de la política monetaria.