David Ramos/Getty Images

¿Por qué no prospera el intento separatista catalán?

BARCELONA – En la incertidumbre que siguió al caótico referendo independentista de Cataluña, el presidente del gobierno regional catalán, Carles Puigdemont, quiso quedar bien con Dios y con el diablo. Su muy esperado discurso ante el parlamento regional, en el que había prometido declarar la independencia, terminó convertido en un confuso intento de aplacar a sus aliados nacionalistas radicales de Candidatura de Unidad Popular (CUP) sin enemistarse más con el gobierno central en Madrid. No logró ni lo uno, ni lo otro.

Es verdad que Puigdemont declaró un estado catalán “en la forma de una república”. Pero inmediatamente “suspendió” la declaración, para permitir negociaciones con el gobierno español. Para este, el discurso de Puigdemont fue una declaración implícita de independencia, y para la impaciente CUP, una traición inadmisible. Ahora es muy probable que el gobierno central invoque el artículo 155 de la Constitución española, que le permite tomar control directo de Cataluña, medida que indudablemente alentará más agitación civil en toda la región.

Históricamente, la independencia nacional suele ser resultado de procesos de descolonización violentos, incluso cataclísmicos. Los nuevos estados nacen casi invariablemente en un contexto de sangre, sacrificio y privaciones. En el caso de la ex Yugoslavia, los estados independientes surgieron de una guerra civil que incluyó un genocidio. Las naciones esclavizadas también recuperan la soberanía cuando fracasan los estados y se derrumban los imperios. Las rupturas amistosas, como la de Checoslovaquia, o la que separó a Noruega y Suecia, por muy loables que sean, son una rareza histórica.

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