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El peor de los casos después de una guerra en Irak

Al prepararse para atacar Irak y derribar el régimen de Saddam Hussein, la administración Bush se basa en dos argumentos críticos. Primero, el presidente Bush y sus asesores principales insisten en que la próxima guerra en Irak es una extensión de la campaña militar contra el terrorismo. Le evitaría a los Estados Unidos, en palabras del subsecretario de defensa Paul Wolfowitz, "el peligro de que las armas iraquíes de destrucción masiva caigan en manos de terroristas".

Segundo, el presidente Bush y su equipo han prometido llevar la democracia a Irak, lo que, se espera, impulsará la creación de democracias en toda la región. Afirman que dentro de poco, un amanecer pacífico y democrático llegará también a otros Estados autoritarios árabes. Al tansformar el paisaje político del Medio Oriente, los funcionarios estadounidenses esperan atacar las raíces del extremismo islámico.

A los señores Bush, Rumsfeld, Cheney y Wolfowitz les gusta presentarse como realistas, pero, ¿qué tan realista es ese pensamiento? ¿Está basado en una apreciación sobria de las complejas realidades de Irak y de la región? ¿O acaso está impulsado por la ideología y lo que se quiere creer? ¿ Ayudará la guerra en Irak a los EU en su lucha contra los terroristas, o hará más vulnerables a los estadounidenses?

La desesperanza y la enajenación han hecho presa de la generación de los árabes más jóvenes, que representa más del 50% de la población de la región. La represión política y el silencio de la opinión pública árabe, aunadas a la ausencia de canales políticos que permitan al pueblo canalizar su frustración, deberían de preocupar a Estados Unidos y sus aliados árabes, no tranquilizarlos.