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Es hora de poner a prueba a Irán

NUEVA YORK – El debate sobre cómo hacer frente a los intentos de Irán de desarrollar una capacidad de fabricación de armas nucleares se centra más que nada en dos opciones. La primera es confiar en el poder de disuasión y resignarse a convivir con un Irán que posea un pequeño arsenal nuclear o la capacidad de crearlo con poco preaviso. La segunda es lanzar un ataque militar preventivo para destruir componentes críticos del programa iraní y de ese modo retardar su avance (las estimaciones indican que se lo podría demorar por al menos unos dos años).

Pero ahora existe una tercera opción: negociar un tope máximo para el programa nuclear, que no sea demasiado bajo para el gobierno iraní ni demasiado alto para Estados Unidos, Israel y el resto del mundo.

En realidad, esa opción existe hace años y se la discutió en diversas rondas de negociaciones. La diferencia es que ahora cambió el contexto. Y los cambios al contexto pueden ser determinantes; de hecho, el resultado de las conversaciones formales casi siempre depende de lo que sucede lejos de la mesa de negociación.

De estos cambios actuales, el más importante es el empeoramiento cada vez más veloz de la economía iraní. Durante los últimos meses y los últimos años se han implementado en relación con las actividades financieras y petroleras de Irán muchas sanciones que ahora comienzan a hacer efecto. El propósito de esas sanciones no era impedir directamente el programa nuclear de Irán, sino aumentar el precio que sus líderes tienen que pagar para perseguir sus ambiciones nucleares. El razonamiento (o, mejor dicho, la esperanza) era que la dirigencia iraní, puesta a elegir entre la supervivencia del régimen y la posesión de armas nucleares, optara por lo primero.