¿Servirán los aranceles comerciales verdes para luchar contra el cambio climático?

BERKELEY – En los últimos meses, China ha pasado a ocupar el centro del escenario en el debate internacional sobre el calentamiento planetario. Ha superado a los Estados Unidos como mayor fuente del mundo de los gases que provocan el efecto de invernadero y se erigió en adalid diplomático de las naciones en desarrollo en las recientes negociaciones de las Naciones Unidas sobre el clima en Bali. Ahora China puede pasar a ser el blanco de una guerra comercial propiamente dicha que podría destruir –o tal vez rescatar– las posibilidades de juntar a las naciones ricas y pobres para que luchen unidas contra el calentamiento planetario.

A finales del año pasado, China pasó a ser aún más centro de atención de lo que ya era, cuando nuevos datos del Organismo Internacional de Energía y otras organizaciones de investigación revelaron que China había superado a los EE.UU. como mayor fuente de los gases que provocan el efecto de invernadero y –cosa aún más preocupante– que sus emisiones están aumentando a un ritmo que supera la capacidad de todas las naciones ricas para disminuir el suyo. Aun cuando China alcanzara sus metas en materia de conservación de energía, sus emisiones aumentarían en unos 2.300 millones de toneladas métricas en los cinco próximos años… mucho más que los 1.700 millones de toneladas de reducciones impuestas por el Protocolo de Kyoto a los 37 países desarrollados, incluidos los EE.UU., que figuran en el anexo 1.

Después de que las negociaciones  de Bali, encabezadas por las Naciones Unidas, sobre el medio ambiente planetario acabaran sin resultados, ha aumentado la preocupación entre las industrias europeas y de los EE.UU. –en particular las de hierro, acero, cemento, vidrio, química y celulosa- por que cualquier nuevo tratado sobre el clima las coloque en una situación muy desventajosa frente a sus competidores, en rápido crecimiento, de China. La reacción del Congreso de los EE.UU. ha consistido en crear un sistema de sanciones comerciales que impondrían fuertes aranceles a las importaciones de otros emisores importantes de gases que provocan el efecto de invernadero. Resulta irónico que el plan americano esté cobrando forma antes incluso de que los EE.UU. adopten medida alguna para reducir sus emisiones, lo que se presta a acusaciones de hipocresía, violación del derecho internacional y amenaza con una gran guerra comercial.

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