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¿Podemos salvar a Europa?

VIENA – En 2011, la crisis financiera y bancaria europea se agravó y pasó a ser una crisis de deuda soberana. Un problema que comenzó en Grecia terminó creando dudas sobre la viabilidad real del euro, e incluso de la misma Unión Europea. Un año después, esas dudas fundamentales no se han disipado.

Pero si uno compara la UE con los Estados Unidos o Japón (donde la deuda pública equivale al 200% del PIB), la mala imagen actual de la Unión no se justifica. De hecho, el nivel de empleo en el conjunto de la UE se mantiene alto, lo mismo que las tasas de ahorro privado. Además, la balanza comercial de la Unión con el resto del mundo está en equilibrio.

Un motivo para dudar respecto del euro y la UE es que, desde la primavera [boreal] de 2010, los líderes europeos no paran de celebrar reuniones de crisis, diseñando cada vez supuestas soluciones que han servido de muy poco y siempre llegan demasiado tarde. Nuestros dirigentes no han empleado jamás todo su poder de fuego económico y político. Por el contrario, más que domesticar los mercados financieros, como pretendían, todavía están bajo su asedio.

No es extraño que con la acción conjunta de la Unión Europea impedida por el provincianismo de los gobiernos nacionales, los mercados financieros apliquen lo que los comunistas daban en llamar la “táctica del salame”: rebanar la Unión pedazo a pedazo, atacando a sus países miembros de a uno por vez. De hecho, el Parlamento Europeo y la Comisión Europea ya están fuera de juego, y ha aparecido un nuevo modelo de gestión para Europa, en el que Alemania toma las decisiones, Francia da las conferencias de prensa y el resto de los países se limita a asentir (excepto los británicos, que una vez más optaron por el aislacionismo).