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El nuevo Oriente Medio de Bush

La declaración del Presidente George W. Bush sobre la “misión cumplida” en el Iraq hace cinco años fue tan ensoberbecida como fantasiosa es su actual evaluación de que el reciente aumento repentino de tropas “ha obtenido una importancia victoria estratégica en la guerra, más en general, al terror”. La aventura en el Iraq no sólo es la guerra más larga y más cara de la historia de los Estados Unidos –el premio Nobel de economía Joseph Stigltz ha ofrecido un asombroso cálculo aproximado de 3 billones de dólares-, sino que, además, es la menos concluyente.

La guerra ha pulverizado la sociedad iraquí, al disolverla en un centón etnosectario. El efecto del citado aumento de tropas se acabará tarde o temprano y los iraquíes, deshechos por la violencia y la corrupción, seguirán incapacitados para unir su sistema de gobierno y, dada la incapacidad de su ejército para tomar el relevo de los americanos, la violencia yihadí e interétnica volverá por fuerza a estallar. Como ha dicho recientemente el coronel iraquí Omar Alí, comandante del batallón iraquí en Mosul, foco principal de la insurgencia en la actualidad, “sin los americanos, nos resultaría imposible controlar el Iraq”.

Las guerras, tal como las definió Winston Churchill, son siempre “un catálogo de meteduras de pata”. Así, pues, el juicio de la Historia sobre la guerra del Iraq versará, desde luego, más sobre si ha alcanzado sus objetivos estratégicos de “reconstrucción” de un Oriente Medio muy desestructurado a imagen y semejanza democráticas de los Estados Unidos y consolidación de su posición hegemónica en la región que sobre su precio en sangre y dinero.

Estratégicamente, la guerra fue un completo fracaso. La guerra, ejemplo claro de exagerada ambición imperial,  forzó demasiado al ejército de los Estados Unidos, socavó el prestigio moral de este país en el mundo entero y su reputación en el Oriente Medio, amenazó gravemente a su economía y mostró a amigos y enemigos los límites del poder americano.