Construir los mercados que necesitamos

VIENA – El mayor desafío de la actual crisis financiera global es la aparente incapacidad para comprender y manejar su diversidad. Por cierto, el modo en que están proliferando los problemas parece casi incontrolable. Los planes para enfrentar la crisis, en un país tras otro, fueron rediseñados y reestructurados una y otra vez. Los antiguos modelos sobre cómo entender la economía ya tuvieron su cuarto de hora. En todo el mundo, los gobiernos enfrentan decisiones fundamentales sobre la futura naturaleza de sus economías y sociedades.

La crisis de hipotecas de alto riesgo a principios del verano (boreal) de 2007 devino en una crisis financiera y, finalmente, en una recesión. Pronto surgieron nuevos problemas económicos que se sumaron a los ya existentes: los precios de la energía y de los alimentos aumentaron y luego cayeron como un yo-yo; los peligros del cambio climático se volvieron más claros que nunca; y la mala distribución del poder político global demandó acción.

El reciente malestar social en Grecia, Latvia y Lituania demostró que la estabilidad política hoy es vulnerable incluso en la Unión Europea. De hecho, en todo el mundo, desde México hasta Indonesia e incluso China, se está estirando el tejido social al punto de deshilacharse. Esta ansiedad se ve reforzada por la falta general de fondos entre los grandes grupos de gente que nada tuvo que ver con la generación de la crisis pero que hoy está padeciendo el dolor que ésta inflige.

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