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Brigitte Bardot y los perros callejeros de Bucarest

BUCAREST: Probablemente sólo nuestro dramaturgo más famoso, Eugenio Ionesco, habría podido entender bien este asunto. El genio de Ionesco consistía en dibujar un mundo donde el absurdo triunfaba. Imaginemos la escena: Bucarest, le petit Paris, una ciudad de tres millones de personas con amplios bulevares y villas señoriales es ahora una ciudad en ruinas. Hay una pobreza desenfrenada, los orfanatos están desbordándose con niños abandonados y hay innumerables jaurías de perros sin dueño en las calles.

Todo eso genera poco o ningún interés en Occidente. Los políticos rumanos se muestran igualmente indiferentes; han desperdiciado los últimos diez años en peleas interminables, mientras nuestros vecinos poscomunistas reinventaban sus sociedades y se preparaban para la membresía en la UE.

El entonces alcalde de Bucarest, Traian Basescu, propone un plan para controlar el problema de los perros: el gobierno de la ciudad matará a todos los perros sin dueño. De repente, el interés de Occidente se despierta. No para ayudarnos, por supuesto –por lo menos no para ayudar a la ciudad que tiene ejércitos de perros sueltos, que la hacen parecerse a veces a uno de los pueblos fantasma de las películas de vaqueros de Sergio Leone. No, Brigitte Bardot –todavía estamos esperando la llegada de Gerard Depardieu en cualquier momento—y otras celebridades, gente que no es capaz de derramar una lágrima por nuestros huérfanos o por la pobreza masiva que dejó Ceausescu, vuelan a Bucarest (en primera clase, sin duda) para proteger a los perros callejeros y acusar a nuestro alcalde.

Creo que nuestra realidad desafiaría incluso el sentido del absurdo de Ionesco. Una Bardot encanecida llegó a Bucarest no para que los hombres recordaran sus encantos, sino para prevenir lo que ella llamó un “genocidio canino”. Sin embargo, a pesar de la dura retórica, cuando Brigitte Bardot y el alcalde Basescu terminaron su reunión, se despidieron con un beso. “He esperado treinta años para esto,” dijo, sonrojándose, el alcalde. No queriendo hacer distinciones entre partidos, la señora Bardot besó más tarde a nuestro presidente, Ion Iliescu. Con su fama reconocida y la adoración del público, ella se fue, dejando a los perros callejeros y a nuestra maltrecha sociedad a su suerte.