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Las consecuencias de Brexit

MADRID – La perspectiva de un divorcio entre el Reino Unido y la Unión Europea es patente. El próximo Consejo Europeo diseñará un acuerdo sobre las condiciones de su permanencia en la UE. Pero nadie apuesta por un resultado favorable del referéndum,  y aún menos se prevé cómo afrontar la posible salida del Reino Unido.

El pasado muestra que, cuando se llama a referéndum, los votantes rara vez se centran en lo que realmente está en juego. Así sucedió en las consultas sobre la Constitución Europea en 2005: los holandeses votaron contra el euro (que no era objeto del tratado), mientras que a los franceses les movió el miedo al “fontanero polaco”. Todo parece indicar que los votantes británicos están, hoy, más enfrascados en ideas reduccionistas, prejuicios y emociones, que en consideraciones pragmáticas, dominados por la retórica más apasionada y más incendiaria del bando euroescéptico.

Sorprende la inconsciencia del debate británico sobre las turbulencias que el Brexit generaría. Más allá incluso del impacto que tendría en Escocia, el acuerdo de Belfast o su “relación especial” con Estados Unidos, los interrogantes son numerosos. Con su tergiversación sobre ciertas políticas y acuerdos existentes –como los tratados de libre comercio de la UE con Canadá y Singapur–, los defensores de la retirada edifican un falaz relato sobre la vida más allá de la Unión que engatusa a muchos británicos. Insisten en hacerles creer que la “City” seguirá siendo el centro financiero europeo por excelencia, que el RU conservará su libre acceso al Mercado Único sin las cargas inherentes a la libre circulación de trabajadores.

Nada más lejos de la realidad. Por sólida que pueda ser la posición internacional del RU en seguridad y defensa, su capacidad negociadora en materia comercial y de inversiones –entre otros con la UE, que representa la mitad del comercio británico– se vería seriamente mermada. Así ha sucedido con otros países extracomunitarios como Suiza o Noruega. Si los líderes europeos ya se muestran descontentos con el acceso de Suiza al Mercado Interior, ¿cómo pensar que, tras un portazo, la Unión acepte un acceso sin restricciones del RU?