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Tragedia británica en un acto

OXFORD – Dicen que la noche del jueves fue trascendental para los que hicieron campaña por dejar la Unión Europea y volver la espalda de Gran Bretaña al siglo XXI. En eso, al menos, puedo estar de acuerdo. En palabras de Cicerón: “Trágico e infeliz fue aquel día”.

La decisión de abandonar la UE dominará la vida nacional británica durante la próxima década, o tal vez más. Se puede discutir acerca de la magnitud exacta de la conmoción económica (a corto y largo plazo), pero es difícil imaginar alguna circunstancia en la que el Reino Unido no se volverá más pobre e insignificante en el mundo. Muchos de los que fueron alentados a votar, presuntamente, por su “independencia” hallarán que en vez de ganar libertad perdieron el empleo.

¿Cómo pudo pasar?

En primer lugar, los referendos reducen la complejidad a una sencillez absurda. El vínculo entre cooperación internacional y soberanía compartida que supone la pertenencia de Gran Bretaña a la Unión Europea se tradujo a una serie de afirmaciones y promesas mendaces. Se le dijo al pueblo británico que abandonar la UE no traería ningún costo económico ni ninguna pérdida para aquellos sectores de la sociedad a los que la pertenencia a Europa benefició. Se prometió a los votantes un tratado comercial ventajoso con Europa (el mayor mercado de Gran Bretaña), menos inmigración y más dinero para el Servicio Nacional de Salud y otros valiosos bienes y servicios públicos. Sobre todo, se dijo que Gran Bretaña recuperaría la vitalidad creativa necesaria para tomar el mundo por asalto.