El derrumbe del Brexit

LONDRES – Al principio, la primera ministra británica Theresa May tenía un plan: “Brexit es Brexit”. La idea era retirar al Reino Unido de la Unión Europea tan rápido que los votantes no se dieran cuenta de que en la campaña del referendo los engañaron y no castigaran al Partido Conservador por haberlo hecho.

El plan era fingir que lo que se negociara con la UE sería la mejor solución “a medida” posible para que Gran Bretaña pueda abandonar el bloque conservando acceso irrestricto al mercado europeo. Desde un punto de vista político estrictamente partidista, el plan tuvo sentido hasta la elección anticipada de junio pasado, cuando May perdió la mayoría parlamentaria.

Es verdad que hace poco May se anotó un triunfo al derrotar a los conservadores eurófilos en la Cámara de los Comunes. Pero no tiene importancia. Desde junio pasado, la política británica gira en torno de un solo dilema: cómo evitar la destrucción de un día para el otro de buena parte de la industria británica (que depende de la integración con las cadenas de suministro europeas) sin aceptar también el “modelo noruego”, que supone obedecer las reglas de la UE sin tener ninguna voz en su elaboración.

Para ayudar al gobierno de May a evitar el desastre que se cierne sobre la industria británica, la Comisión Europea tuvo la gentileza de acordar un “período de implementación” de veintiún meses a partir del 29 de marzo de 2019, fecha oficial de salida del RU. La idea era usar dicho período para terminar de negociar los detalles de la relación futura. Pero May dilapidó la oportunidad al seguir insistiendo en una serie de puntos no negociables (las llamadas “líneas rojas”), que incluyen no aceptar la jurisdicción del Tribunal Europeo de Justicia (TEJ).

May está tratando de reproducir los beneficios de un comercio fluido con el mercado común europeo, pero sus exigencias no le dejan a la Comisión modo de hacerlo. Así que las negociaciones para el Brexit están estancadas, y ya es prácticamente imposible alcanzar un acuerdo final a tiempo para el “día del Brexit”. Además, incluso con la postergación hasta 2021 del “Brexit económico” gracias al “período de implementación”, sencillamente no hay tiempo suficiente para reestructurar la industria británica de modo que sobreviva a la introducción de los controles fronterizos normales de la UE con el resto del mundo.

En previsión del desastre, los europeístas del gobierno de May propusieron un “modelo de Jersey”, en el que la industria británica permanecería dentro de la unión aduanera, el mercado común y el área común de impuesto al valor agregado de la UE, pero se limitaría la movilidad de mano de obra y servicios. Pero esta propuesta es inaceptable para la UE, que insiste en que las “cuatro libertades” (libre movimiento de bienes, capital, servicios y mano de obra) son inseparables.

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Las exigencias de May también impiden resolver la problemática cuestión de la frontera irlandesa. En diciembre, May acordó que no habría frontera física o económica entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda (que seguirá dentro de la UE); pero también prometió a los protestantes del Úlster que no habrá frontera entre Irlanda del Norte y Gran Bretaña. Las dos promesas son incompatibles si tiene que haber una frontera controlada en el Canal de la Mancha. De modo que la única solución para May es evitar una frontera controlada con Europa continental, lo que implica aceptar las cuatro libertades (y obliga también a aceptar la jurisdicción del TEJ).

Sea que la Comisión o el gobierno de May se hayan dado cuenta o no, la contradicción entre sus objetivos es absoluta. Los británicos quieren que la UE abandone sus principios fundacionales a cambio de 40 000 millones de euros (46 000 millones de dólares) y de que no haya frontera controlada en Irlanda. Pero como el RU ya comprometió esas concesiones, la UE no tiene motivos para atender a sus demandas especiales. Si el gobierno de May reniega de los compromisos que hizo en diciembre, habrá un “Brexit sin acuerdo”: el RU saldrá de la UE del peor modo, y muchos sectores de la economía británica quedarán diezmados.

Quedan tres alternativas; dos son sencillas y la otra es complicada. En la primera, Gran Bretaña abandonaría las demandas innegociables y adoptaría un “modelo noruego ampliado”, permaneciendo no sólo en el mercado común, sino también en la unión aduanera. En la segunda, el RU aceptaría una frontera económica en el Mar de Irlanda y mantendría sus exigencias en cuanto a la isla de Gran Bretaña, firmando para ello un acuerdo de libre comercio con la UE. Paradójicamente, esta posibilidad es aceptable para la Comisión Europea y para los brexiteros más intransigentes, excepto que los segundos se niegan a aceptar una frontera entre Gran Bretaña e Irlanda del Norte.

El problema más grande es que May no aceptará ninguna de estas soluciones “sencillas” dentro del plazo fijado. Y la segunda opción sería un desastre para la industria británica, a menos que el período de transición se extienda muchos años, para que las empresas tengan tiempo de reestructurar sus operaciones.

De modo que la única salida es a través de una crisis política, algo que bien podría ocurrir en Europa como resultado de conflictos entre estados miembros importantes o intentos del presidente estadounidense Donald Trump de debilitar a la UE. Pero una crisis europea no llegaría a tiempo para que May consiga un “modelo de Jersey” para la totalidad del RU. Es mucho más probable que antes de eso sea Gran Bretaña la que experimente una crisis, cuando la opinión pública se vuelva cada vez más consciente de los inmensos costos económicos y sociales del Brexit sin acuerdo que se cierne sobre el país.

En cuanto la crisis estalle y las “líneas rojas” británicas empiecen a desdibujarse, pueden suceder muchas cosas. Una sería que el período de transición se extienda hasta, digamos, 2025, después de lo cual se firmaría un acuerdo de libre comercio, con una frontera económica en el Mar de Irlanda. Otra sería postergar varios años el Brexit, con el modelo “noruego ampliado” como meta definitiva. Y también, las dos alternativas incluyen la posibilidad de otro referendo y la anulación total del Brexit. En cualquier caso, está claro que el Brexit, como lo imagina actualmente el lado británico, es sencillamente imposible. Y si finalmente se produce, no se parecerá a nada de lo que May propuso hasta ahora.

Traducción: Esteban Flamini

http://prosyn.org/LFXsiDU/es;

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