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Boris Johnson, el contrarrevolucionario

LONDRES – Si la historia se repite (primero como tragedia, después como farsa), lo que viene a continuación es Boris Johnson, un político camaleónico que personifica a la perfección las contradicciones de nuestra era. Johnson es un tribuno del pueblo que creció con los privilegios del 1%; un hijo de inmigrantes que hizo campaña por el cierre de fronteras; un conservador que quiere trastocar el orden político; un erudito que se burla de los expertos; y un cosmopolita que como al pasar se refiere a los negros con términos despectivos. Nadie hizo más que Johnson por sepultar el futuro europeo de Gran Bretaña; pero su ultraflexibilidad puede terminar siendo su salvación.

En su primera aparición pública tras ser designado ministro de exteriores, Johnson comparó la victoria del Brexit con la Revolución Francesa. En un gesto que le valió abucheos en la celebración del Día de la Bastilla en la embajada francesa, celebró el referendo como “un gran levantamiento popular contra un antiguo régimen (sic) burocrático y asfixiante cuyas credenciales democráticas ya no eran para nada obvias”.

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Pero la victoria del Brexit (con su promesa de recrear la Gran Bretaña del ayer) es menos revolución que contrarrevolución. Boris y su banda de antieuropeístas tienen más en común con Luis Napoleón Bonaparte (quien derribó la república francesa para crear una nueva monarquía) que con Danton o Robespierre.

Si alguien o algo tiene derecho a decir que representa los ideales progresistas de 1789, es la Unión Europea. Sus políticos y funcionarios tradujeron la vaga trinidad de libertad, igualdad y fraternidad a una forma concreta: 80 000 páginas de leyes con exposición de derechos y regulaciones que van del dormitorio al taller fabril. Y la aplicación de estas normas ayudó a varias oleadas de países (desde Grecia y España hasta Estonia y Polonia) a pasar de la autocracia a la democracia.

La UE impulsó una revolución de la coexistencia entre naciones; promovió los derechos individuales, la ley internacional y la soberanía compartida. Su poder transformador emana de la promesa de ingreso al bloque, una “política de vecindario” que exporta los valores europeos y su papel de facilitadora en la creación global de instituciones y modelo de integración regional.

Ahora, como resultado de la contrarrevolución, el club de la UE se está reduciendo, en lugar de crecer. En vez de recrear el mundo a su imagen, la UE se ve amenazada por vecinos que exportan el caos antes que importar valores. La interdependencia se volvió causa de conflicto intraeuropeo (en vez de ponerle fin). Y la idea europea se convirtió en blanco de oposición política en todo el continente.

En realidad, el hecho más preocupante de la Europa actual no es la salida del Reino Unido, sino la fragilidad y desunión de los 27 estados restantes, donde el consenso interno en favor de Europa casi ha desaparecido. La campaña pro‑Brexit en el RU dio vía de expresión a un extendido deseo de restaurar certezas del pasado, no de establecer nuevos derechos. Y todos los estados miembros sufren inseguridad económica, ansiedad cultural y alienación política, que las nuevas fuerzas políticas explotan mediante referendos para reformular la política como una lucha entre el pueblo y élites egoístas.

Los padecimientos económicos y políticos de Gran Bretaña después del referendo harán que otros estados miembros de la UE lo piensen dos veces antes de plebiscitar la pertenencia. Pero no nos equivoquemos: la UE ya entró a una era de desintegración. Un descenso lento hacia la ingobernabilidad puede ser igual de devastador que una ruptura declarada.

Algunas decisiones de la UE ya están bajo amenaza de referendos nacionales, como el plebiscito sobre las cuotas de refugiados previsto por el primer ministro húngaro Viktor Orbán. En Francia, es posible que no se implemente la Directiva sobre Desplazamiento de Trabajadores (que permite a los empleadores pagar a los empleados enviados en misión no más que el salario mínimo del país de destino). Y la Comisión Europea está dando marcha atrás en proyectos preferenciales, como el tratado de libre comercio con Canadá.

En vez de unirla más, cada nuevo desafío dividió a la UE en grupos cada vez más pequeños. El euro separó al norte del sur; Ucrania y la crisis de los refugiados separaron al este del oeste.

Es necesario que los proeuropeos enfrenten las fuentes de malestar y reconsideren las formas empleadas para expresar el ideal europeo. La UE se basó en la idea de que la interdependencia reduciría automáticamente el conflicto. Al vincular entre sí los medios de producción europeos (primero a través de la comunidad europea del carbón y el acero, más tarde a través del mercado único y el euro), se esperaba que la UE uniera tan estrechamente a los estados europeos que una guerra entre ellos ya no fuera posible.

Es verdad que hoy una guerra en Europa es casi impensable, con tanta riqueza como se creó. Pero la reacción contra la interdependencia (tanto si se trata del euro, el libre movimiento de personas o el terrorismo) es innegable.

Para salvar a la UE, los líderes europeos deben concentrarse en hacer que la gente no tema la interdependencia. Esto implica redistribuir algunos de los beneficios económicos de la libre movilidad a las comunidades que soportan su carga; fortalecer el control de las fronteras externas y la cooperación contra el terrorismo; dar más flexibilidad en lo concerniente a migraciones e integración en la eurozona; y regresar a la idea de que el deber mayor de las instituciones de la UE es defender a las naciones‑estado de Europa, no desarrollar su propio poder.

La crisis del Brexit da a los miembros restantes de la UE una oportunidad de reformular el proyecto europeo. Si lo logran, hasta puede que algún día el RU quiera volver a entrar.

Por supuesto, no es lo que buscan los partidarios del Brexit ni sus aliados en otras partes, quienes tal vez logren desmantelar la UE, pero difícilmente cumplirán su promesa de recrear un mundo que ya no existe, y ni hablar de un futuro mejor. De hecho, es posible que inadvertidamente, destruyan los beneficios de la integración europea que la gente más valora.

Los votantes que apoyaron el Brexit todavía pueden repetir aquello que dijo Marx de la contrarrevolución de Luis Napoleón: “Todo un pueblo que creía haberse dado un impulso acelerado por medio de una revolución, se encuentra de pronto retrotraído a una época fenecida”. Descubren que lo que derribaron no fue la tiranía del ancien régime, sino “las concesiones que le habían sido arrancadas por seculares luchas”.

Es allí donde el travestismo político de Johnson podría servirle. Si el RU ingresa en una recesión profunda y tiene problemas para cumplir las promesas de la campaña pro‑Brexit, muchos votantes tal vez quieran seguir formando parte del mercado único, incluso de la UE. Dar semejante voltereta sería imposible para la mayoría de los integrantes del campo del Brexit, para quienes el sueño soberanista prevalece sobre la amenaza de derrumbe económico. Pero Johnson está culturalmente a gusto con Europa, y por momentos pareció ambivalente en relación con la campaña pro‑Brexit que lideró.

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La capacidad de Johnson para desligarse de sus declaraciones previas serviría de inspiración a Houdini. Si la UE logra reformarse y los problemas económicos del RU se profundizan, bien puede ser que todo lo que parece sólido (en particular, el euroescepticismo de Johnson) se desvanezca en el aire.

Traducción: Esteban Flamini