Los osos negros y los adictos a la televisión

Este verano, unos amigos que viven a pocos kilómetros de nosotros en la Montana rural, en la parte occidental de los Estados Unidos, tuvieron que interrumpir la cena, cuando un oso negro salió de entre los árboles. Se metieron dentro de la casa y lo contemplaron, mientras se acercaba a la mesa, lamía los platos hasta dejarlos limpios y después se bebía dos latas de cerveza.

En los días siguientes, el oso volcó los cubos de la basura de dos vecinos y aterró a los nińos y a los animales domésticos. Guardas del Servicio Forestal instalaron una jaula y pusieron panceta dentro de ella, con lo que no tardaron en atrapar el oso y transportarlo hasta una zona totalmente deshabitada a 30 kilómetros de distancia. Antes de soltarlo, le pusieron una etiqueta para que se viese que había causado problemas. “Por desgracia”, dijo un guarda forestal, “ese oso puede estar de vuelta aquí aun antes de que regrese nuestro camión. Una vez que le cogen gusto a la panceta y a la cerveza, no hay quien los mantenga alejados”. Si un oso con una etiqueta es sorprendido dos o más veces causando problemas, los guardas forestales tienen orden de matarlo.

Resulta fácil sentir pena por un animal que descubre un alimento muy sabroso y no puede resistir la tentación de conseguir más de la forma más fácil. El oso no tiene idea de que sus días están contados, a no ser que permanezca en el bosque y para alimentarse cace de la forma tradicional, pero aquel oso seguía la inclinación que la selección natural había programado en sus genes: los alimentos con elevado contenido de proteínas y azucares son buenos para ti y cuanta menos energía gastes para conseguirlos, mejor.

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