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Una solución local para la seguridad energética de Europa

COPENHAGUE – La Unión Europea es altamente dependiente del petróleo extranjero. De cada 100 litros que se consumen en la UE, 90 son importados. Al mismo tiempo, la producción local de petróleo cayó más del 50% a lo largo de la última década. La Agencia Internacional de la Energía estima que a menos que la UE cambie de rumbo y aumente su producción de formas de energía alternativas (incluidos los biocombustibles, una opción que la UE desatendió por mucho tiempo), en 2030 más o menos el 95% del petróleo que consuma provendrá de fuentes extranjeras.

La situación actual es el talón de Aquiles de la UE, porque implica dependencia de importaciones procedentes de regímenes inestables y autoritarios. En 2014, los países miembros de la UE gastaron la asombrosa cifra de 271 000 millones de euros en crudo extranjero, más que el PIB combinado de Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia y Hungría. Aproximadamente la mitad de esta cifra terminó en Rusia, Medio Oriente y el norte de África.

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De modo que la UE no solo está expuesta a interrupciones del suministro global, sino que también ayuda a sostener gobiernos autoritarios y dar poder a regímenes hostiles, lo que limita su propia capacidad para dar respuestas efectivas y coordinadas a las amenazas y provocaciones externas. De lo cual dan buen ejemplo sus dificultades para diseñar estrategias políticas y económicas coherentes ante los desafíos planteados por la agresión rusa en Ucrania y el infierno de Medio Oriente.

La reciente decisión del Reino Unido de aumentar el gasto de defensa se relaciona con la evidencia creciente de que para proteger la seguridad y la soberanía de Europa se necesitarán fuertes capacidades militares. Pero la dependencia del petróleo extranjero, mientras se mantenga, supone para la UE una enorme debilidad innecesaria, y la propuesta del gasoducto Nord Stream II, que canalizaría más gas de Rusia a Alemania, no puede sino agravar la situación.

Es probable que la seguridad energética de Europa adquiera más relevancia en los próximos meses, ya que 2016 se presenta como otro año turbulento para la política internacional. También es probable que este año se concrete la Unión Energética de la UE, cuyo objetivo es garantizar suministros seguros de energía económica y no contaminante. Por desgracia, la dependencia europea respecto del petróleo extranjero quedó fuera de la discusión. Los estados miembros de la UE no desarrollarán fuentes alternativas de energía a menos que la Comisión Europea dé pautas claras.

Es indudable que la energía renovable solar y eólica puede servir para disminuir la vulnerabilidad energética de la UE. Esas fuentes ya ayudan a reducir la dependencia del carbón y el gas para la producción de electricidad. Pero cuando se trata de la producción de energía (sobre todo, combustible para los autos) a partir del petróleo, es probable que pasen años antes de que la energía solar o eólica pueda ofrecer alternativas viables.

La UE debería seguir el ejemplo de los países del otro lado del Atlántico, que se han esforzado para reducir su dependencia del petróleo extranjero. Por ejemplo, Estados Unidos creó incentivos para la inversión en combustibles alternativos; de hecho, es el principal productor mundial de bioetanol, lo que (junto con la producción de gas de esquisto) lo ayudó a reducir al menos un 25% sus importaciones de petróleo, disminuir las emisiones de dióxido de carbono y crear empleos locales.

Brasil también es un ejemplo elocuente. El país actuó desde las crisis del petróleo de los setenta para reducir su dependencia de la energía importada, y hoy es un exportador neto de petróleo y el segundo productor mundial de bioetanol, que sustituyó más de la cuarta parte de la gasolina antes usada en el país.

Por desgracia, en el debate político en torno de los biocombustibles en la UE todavía prevalecen argumentos obsoletos que los vinculan al encarecimiento de los alimentos. Los oponentes insisten en que estos no deben usarse para impulsar autos. Pero los biocombustibles avanzados actuales no se producen a partir de materias alimenticias, sino de desechos de la industria, la agricultura y los hogares privados. En palabras de José Graziano da Silva, director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, los biocombustibles “pueden servir para aumentar la seguridad alimentaria”. Su correcto desarrollo implicaría “más combustibles, más alimentos y más prosperidad para todos”.

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La tecnología de biocombustibles mata cuatro pájaros de un tiro: mejora la seguridad energética, ayuda a reciclar desperdicios, reduce las emisiones de gases de efecto invernadero y crea empleo (a menudo en áreas rurales). Por eso, esta solución energética local para el reemplazo del petróleo importado es uno de los legados más importantes y duraderos que los europeos actuales podemos dejar a la Europa del mañana.

Traducción: Esteban Flamini