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Más allá de la rivalidad chino-japonesa

El Gobierno de China ha sentenciado a dos de sus ciudadanos a cadena perpetua por su intervención en la consecución de prostitutas para centenares de hombres japoneses de visita en la ciudad meridonal de Zhuhai el pasado otoño. Además, el Gobierno chino está presionando a Tokyo para que entregue a los hombres de negocios japoneses que supuestamente solicitaron las prostitutas.

Esa historia apareció en los titulares de todo el mundo y casa perfectamente con la forma como la prensa mundial suele tratar las relaciones chino-japonesas. Lamentablemente, incidentes semejantes vuelven a presentarse con suficiente regularidad para alimentar a los medios de comunicación, que siguen agitando un nacionalismo arraigado en recuerdos históricos opuestos.

Las visitas anuales del Primer Ministro japonés Junichiro Koizumi al Santuario Yasukuni -considerado por una gran mayoría un símbolo del antiguo militarismo del Japón- es un ejemplo notorio de ello. La publicidad que da la prensa a dichas visitas ha contribuido a impedir que los dirigentes chinos invitaran a Koizumi a hacer una visita de Estado.

Recientemente, el descubrimiento de botes de gas mostaza abandonados por las fuerzas japonesas durante la segunda guerra mundial ha servido también para mantener vivos los recuerdos de la conducta del ejército imperial japonés entre los chinos de edad.