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Mejor que Basilea

ROMA – Los Acuerdos de Basilea –diseñados para proteger a los ahorristas y el público en general de las malas prácticas bancarias– exacerbaron el círculo vicioso económico desatado por la crisis financiera de 2008. Durante la crisis, a medida que la confianza de las empresas se evaporó, los bancos se vieron forzados a vender activos y a recortar los créditos para cumplir con los requisitos de capital estipulados en los Acuerdos. Esta restricción crediticia tuvo como consecuencia una brusca caída en el PBI y el empleo, al tiempo que las fuertes ventas de activos profundizaron el deterioro.

Un reciente estudio que realizamos con Jacopo Carmassi, Time to Set Banking Regulation Right(Es hora de corregir la normativa bancaria), muestra que al permitir a los grandes bancos internacionales un exceso de apalancamiento y exposición al riesgo –en algunos casos permitiéndoles acumular pasivos totales por hasta 40, o incluso 50 veces su capital accionario– las normas bancarias de Basilea no solo permitieron sino también, irónicamente, intensificaron la crisis.

Luego de la crisis, los líderes mundiales y los responsables de los bancos centrales revisaron la normativa bancaria, en primer lugar, rectificando las normas de prudencia de Basilea. Desafortunadamente, el nuevo Acuerdo III de Basilea y la subsiguiente Directiva de la UE sobre Requisitos de Capital no han logrado corregir las dos principales falencias de las normas internacionales de prudencia –esto es, su dependencia de los modelos de gestión de riesgo de los bancos para el cálculo de los requisitos de capital, y la falta de rendición de cuentas de los supervisores.

El último ejemplo que destaca esta falencia es Dexia, el grupo bancario belga-francés que quebró en 2011 –inmediatamente después de aprobar con honores las pruebas de solvencia de la Autoridad Bancaria Europea. La apabullante opacidad de los índices de solvencia fomentó que los reguladores hicieran la vista gorda a los excesivos riesgos que asumían los bancos.