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Mejor aprendizaje a través de mejores apuestas

FILADELFIA – El curso que sigue el debate público se ha vuelto tristemente familiar. A menudo comienza con una sorpresa – por ejemplo, Donald Trump, el magnate de los bienes raíces, quien se convirtió en estrella de un programa de telerrealidad, contraviniendo los pronósticos llega a ser el presunto nominado presidencial del Partido Republicano de Estados Unidos. Los expertos comentaristas se zambullen en el tema. ¿Por qué está sucediendo esto? ¿Qué significa esto? ¿Qué vendrá después?

Después de un tiempo, el futuro sobre el que se debatía llega. En un mundo ideal, todas las personas reconocerían cuál pronóstico resultó ser el correcto. Se aprenderían lecciones. Las personas cambiarían su forma de pensar de acuerdo a lo aprendido. De manera colectiva, todos ganaríamos un poco más de sabiduría.

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Sin embargo, este es un mundo menos que ideal. Con demasiada frecuencia, en lugar de aprender lecciones, los comentaristas simplemente continúan debatiendo. Discuten sobre lo que pasó. Discrepan con respecto a quién predijo qué resultado. Las personas no cambian su forma de pensar. De manera colectiva, no ganamos más sabiduría.

Para los que pensamos que podemos aspirar a algo mejor, una solución consiste en concertar apuestas sobre nuestros pronósticos. A principios del año 2014, los economistas Tyler Cowen y Bryan Caplan hicieron precisamente eso. Cowen era pesimista con respecto al desempleo en Estados Unidos, por lo que apostó con Caplan que la tasa de desempleo no caería por debajo del 5% durante los siguientes 20 años. Dos años después, el desempleo había caído al 4,9%. Caplan obtuvo una clara victoria.

Es justamente este tipo de claridad la que se busca obtener cuando se apuesta sobre pronósticos. Si no se les cuestiona, los comentaristas rutinariamente usan lenguaje vago, como por ejemplo “el desempleo permanecerá alto durante años” o “el apoyo de Trump se deslizará a la baja”. Estos comentarios suenan bien en la televisión, pero no producen un resultado indiscutible y comprobable. (¿Cuántos años son “muchos”? ¿Cuánta diminución se califica como un “deslizamiento a la baja”?). Las apuestas obligan a que las dos partes se pongan de acuerdo sobre términos bien definidos – de esta forma, se pone claramente en evidencia, ante todos, quién tenía la razón y quién estaba equivocado.

El propósito de las apuestas, por supuesto, no es declarar ganadores y perdedores; el propósito es reemplazar debates interminables y sin sentido con una decisión clara sobre cuya comprensión de la realidad es la que se acerca más a la verdad. El objetivo final es lograr que todos obtengamos un poco más de sabiduría. Y aun así, lamentablemente, cuando se trata de lograr dicho objetivo, las apuestas han fracasado de manera consistente.

Considere la respuesta de Cowen cuando perdió la apuesta con Caplan. Rápidamente reconoció que había perdido, según los términos de la apuesta. Pero, no obstante, insistió en que esto no comprobó que Caplan tenía razón. Cowen señaló que si bien la tasa de desempleo había caído, el ratio empleo-a-población apenas se había movido. En su evaluación de los resultados, Cowen llegó a la siguiente conclusión: “siento que soy yo quien ganó la apuesta”. La apuesta concertada no resolvió nada en lo absoluto.

Desafortunadamente, eso es lo que suele ocurrir cuando las personas realizan apuestas simples sobre debates complejos. En el año 1980, el biólogo Paul Ehrlich y el economista Julian Simon concertaron otra famosa apuesta – esta fue una apuesta sobre cuál sería el precio de cinco metales diez años más tarde. Su apuesta terminó con una clara victoria para Simon, pero Ehrlich desestimó el resultado tildándolo de no significativo. Y, no estaba equivocado. Si los dos científicos hubiesen elegido un año de partida diferente, Ehrlich bien podría haber sido el ganador.

El problema con apuestas como las mencionadas es que son demasiado simples como para poder resolver los complejos debates subyacentes a las mismas. Un puñado de precios de metales no puede resolver el extendido debate entre Malthusianos y Cornucopianos, de la misma forma que un solo punto referencial sobre el desempleo no puede determinar la última palabra en la disputa entre Cowen y Caplan.

Mas sin embargo, sería una lástima abandonar las apuestas por completo. Si esto ocurre, solo quedarían las escuálidas peleas en las que degeneran tantísimos debates importantes. La solución es tomar las apuestas mucho más en serio, expandirlas, y diseñarlas de manera que sean capaces de resolver debates, satisfaciendo las expectativas de la mayoría de los observadores razonables.

Idealmente, una apuesta usaría una pregunta tan grande como el debate que trata de resolver. Pero eso no va a funcionar, porque las grandes preguntas, como por ejemplo: “¿Superará el crecimiento de la población los recursos y pondrá en peligro la civilización?”, no producen resultados fácilmente medibles. La clave, en cambio, es hacer muchas preguntas pequeñas y precisas.

Cowen y Caplan no deberían haberse basado solamente en la tasa de desempleo;  deberían haber incluido el ratio empleo-a-población y otras métricas acordadas entre ellos como métricas que podrían tener un valor diagnóstico. Ehrlich y Simon deberían haber realizado una gama más amplia de predicciones, sobre el precio de metales, la producción de alimentos, la calidad del aire y otros factores.

Este abordaje, el uso de clústeres de interrogantes, se podría aplicar a prácticamente cualquier debate importante. En este momento, por ejemplo, se está poniendo el debate halcones-contra-palomas sobre el acuerdo nuclear con Irán a la prueba de pronóstico

Naturalmente, el uso de muchas preguntas podría resultar en decisiones divididas. Pero si nuestro objetivo es aprender, esa una función, no un error. Una decisión dividida podría sugerir que ni siquiera la comprensión de la realidad que tienen los apostadores es perfectamente exacta y que la verdad se encuentra en algún lugar en el medio de todo. Ese sería un resultado esclarecedor, sobre todo, cuando los debates públicos se encuentran dominados por posiciones extremas – un ejemplo ilustrativo clásico de esto es el conflicto entre Ehrlich y Simon.

Por supuesto, nada sería posible si los involucrados no están dispuestos a pensar juntos acerca de cómo resolver su desacuerdo. Lo menos que se puede decir sobre lo antedicho es que lograrlo no es siempre fácil. Después de su famosa apuesta, Ehrlich y Simon consideraron una segunda apuesta que involucraba un gran conjunto de medidas; pero, la misma nunca se realizó, en parte debido a la antipatía personal entre los dos hombres.

Lo que se necesita es alguien que se constituya en parte y árbitro neutral – los tanques de pensamiento, por ejemplo, se encuentran en muy buena posición para desempeñar este papel.

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Pero, cualesquiera que sean las dificultades, la calidad del debate público puede beneficiarse enormemente de apuestas bien estructuradas. Cuando se trata de aprender sobre el mundo, concertar apuestas sobre resultados es una posición que gana frente a debates que no resuelven nada.

Traducción de Rocío L. Barrientos.