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La diplomacia privada de Berlusconi

ROMA – En el sitio web del Ministerio de Relaciones Exteriores italiano, se elogia a Túnez por sus “características ideales” y por la “estabilidad política y social”. Después del levantamiento popular que derrocó al presidente Zine el-Abidine Ben Ali del poder, el peligro de respaldar a autócratas árabes a cambio de una estabilidad frágil debería haberse tornado evidente, una vez más, a los ojos de las potencias occidentales. En Italia, sin embargo, el levantamiento tunecino también es un doloroso recordatorio de la maraña de intereses privados y públicos en conflicto del primer ministro Silvio Berlusconi.

Muchos italianos recuerdan que Ben Ali –cuyo ascenso a la presidencia estuvo apoyado de manera directa por Italia- ofreció refugio a Bettino Craxi, el ex primer ministro italiano (y mentor político de Berlusconi) que huyó del país en 1994 para evitar una condena por cargos de corrupción. Craxi murió y está enterrado en el centro vacacional tunecino de Hammamet.

Más recientemente, surgió la conexión tunecina en relación a uno de los expedientes más turbios asociados con la política exterior de Berlusconi: Libia. En septiembre de 2009, The Guardian publicó un artículo sobre una compañía, Quinta Communications SA, propiedad de un empresario nacido en Túnez y socio comercial de larga data de Berlusconi, Tarak Ben Ammar. El artículo afirmaba que Quinta está controlada en parte por una compañía propiedad del vehículo de inversión de la familia Berlusconi y en parte por un hólding empresarial controlado por el brazo de inversión de la familia Gaddafi. La implicancia de que Berlusconi y Gaddafi indirectamente son copropietarios de Quinta nunca se ha refutado.

Si Berlusconi fuera sólo un magnate, estos informes no asombrarían a muchos. Después de todo, las instituciones financieras libias han estado invirtiendo en Italia durante décadas. Si Berlusconi fuera sólo un estadista, uno podría argumentar que la “realpolitik” es una prerrogativa justificable de un estado soberano: las consideraciones estratégicas suelen imponerse a la búsqueda de objetivos más nobles, como la promoción de los derechos humanos. Como dijo claramente Berlusconi, las relaciones más estrechas con Libia tienen que ver con “menos inmigrantes ilegales y más petróleo”.