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La apuesta de Benazir Bhutto

Tras disiparse la conmoción inicial del ataque terrorista contra la dirigente de la oposición pakistaní Benazir Bhutto, está resultando claro que fue una bendición política para ella, al desencadenar una oleada de condolencia que supera en gran medida los límites de su bastión local de Sindh. Aun así, a Bhutto le está resultando difícil convertir ese cambio del talante público en un mayor apoyo político.

Bhutto, dirigente del partido popular del Pakistán, necesita todo el apoyo que pueda encontrar después de regresar del exilio. Su decisión de constituir una alianza de conveniencia con el impopular gobernante militar del Pakistán, Pervez Musharaf, sigue socavando su pretensión de presentarse como restauradora de la democracia y adalid de la calle. Ese acuerdo ha brindado mayor legitimidad pública a Musharraf, quien compartirá parte del poder que ha monopolizado. Sin embargo, poco amor hay entre los dos y menos aún política común.

En teoría, el ataque suicida contra Bhutto debería haberlos aproximado más. Al fin y al cabo, los militantes islámicos han intentado repetidas veces asesinar a Musharraf. En cambio, Bhutto acusó a miembros del propio partido de Musharraf, la Liga Musulmana del Pakistán (Q), y su gobierno de haber desempeñado un papel en el ataque. "El caso es que ni el ministro federal Ijazul Haq ni el Presidente de la Q, Chaudhry Shujaat, han sido atacados nunca por terroristas suicidas", dijo. Shujaat, sólo a medias en broma, le devolvió el favor calificándola de terrorista. Musharraf denunció las declaraciones de Bhutto.

Bhutto y Musharraf convienen implícitamente en que otro dirigente democrático del Pakistán, Nawz Sharif, debe continuar en su exilio en Arabia Saudí hasta las elecciones generales de enero, pero falsear las elecciones de ese modo perjudica a Bhutto más que a Musharraf, al reforzar la sensación de que es una colaboradora del ejército y de que Sharif es el auténtico dirigente democrático, por lo que está obligada a mantener distancias con Musharraf.