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Caza de osos en Rumania

NUEVA YORK – A Nicolae Ceausescu le gustaba cazar osos. Se retiraba, junto con su séquito, a un pabellón de caza en Transilvania y partía, pertrechado. Estaba acostumbrado a tener buena suerte, pues sus cazadores tomaban precauciones. Encadenaban un pobre animal a un árbol, lo drogaban para que se mantuviera tranquilo y se escondían en torno al puesto de observación desde el que el Gran Hombre dispararía.

Un día, hicieron su trabajo descuidadamente. Ceausescu apuntó y después retrocedió cuando el oso, insuficientemente sedado, se alzó sobre sus patas traseras como para atacar. Su disparó acabó en las copas de los árboles, al tiempo que tres balas, disparadas por los tiradores que garantizaban su puntería, penetraban en el corazón del oso. Según me contó un guardabosques que afirmaba haber presenciado el incidente, aquel día Ceausescu no respondió al aplauso de sus servidores.

Ésa podría ser la historia de la revolución rumana de hace veinte años. El oso es el esclavizado pueblo del país, que despierta. El emperador, alarmado, dispara alocadamente y marra el tiro. Los tiradores selectos, ocultos en el bosque, apuntan y disparan, pero esa vez su blanco no es el oso, sino el propio Ceausescu.

Así como la gloria de la Revolución Francesa acabó en el Terror, así también el milagroso año 1989 de Europa acabó con sangre. En otros sitios, los regímenes comunistas parecieron casi abandonar el poder. Quienes los derrocaron celebraron victorias casi indoloras. No así en Rumania. En este país, sus amos comunistas ordenaron a las fuerzas de seguridad que disparan al pueblo. Aquéllas obedecieron. Se riñó una guerra civil, si bien breve, y la Revolución se transmutó en un criptogolpe de Estado.