Mark Carney, governor of the Bank Of England Getty Images

Basilea: ¿será esta la última ronda?

LONDRES – Tras largas y a veces penosas negociaciones (que pusieron a prueba las relaciones personales entre directivos de bancos centrales y reguladores de muchos países) en diciembre el Comité de Basilea por fin dio a luz una creación largamente esperada: un paquete de normas que concluye las reformas al régimen internacional de capitalización bancaria implementadas después de 2008 y pone fin al proceso denominado Basilea III.

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Los banqueros llaman al resultado “Basilea IV”, porque según dicen, el paquete final introduce muchos requisitos nuevos más difíciles de cumplir. Pero el Comité insiste en que las nuevas reglas deben considerarse parte integrante del programa de reformas iniciado en 2009 tras la crisis financiera global, y que aunque un día tal vez haya un Basilea IV, esta serie de cambios no llega a tanto.

¿Qué problema trata de resolver el nuevo paquete? En el preámbulo, los reguladores se refieren a “un preocupante grado de variabilidad en el cálculo” de activos ponderados por riesgos que hacen los bancos. Hallaron que al aplicar los diferentes modelos internos de los principales bancos a la misma cartera de préstamos se obtienen números muy diferentes; es decir que para una misma cantidad de riesgo asumido, algunos bancos están mucho menos capitalizados que otros.

Parecería que la respuesta lógica al problema es examinar a fondo los modelos para ver de dónde salen las diferencias, y exigir una recalibración allí donde se considere que hacen un cálculo de activos ponderados por riesgo demasiado bajo. Pero es evidente que los reguladores no confiaban en su capacidad de penetrar los vericuetos de los modelos internos de los bancos, así que en vez de eso impusieron un límite mínimo sobre su resultado (output floor). Es decir, cualquiera sea el cálculo de activos ponderados por riesgo que haga un modelo, no se tomará más de 27,5% de reducción respecto del nivel estándar.

Ese límite se expresa como un mínimo neto igual a 72,5%. ¿Por qué una cifra tan precisa, 72,5%? Fácil, es el promedio entre 75%, que fue la última propuesta de Estados Unidos, y 70%, que fue la propuesta francesa: los dos países acordaron partir la diferencia.

Puede parecer absurdo, pero hasta los bancos afectados llegaron a la conclusión de que alguna clase de acuerdo era mejor que nada, porque de seguir la incertidumbre, se hacía muy difícil la planificación de capital. Así que prefirieron que de la negociación surgiera algún resultado, dispuestos a aceptarlo si así se daba realmente por concluido el programa.

Por desgracia, es difícil que el nuevo acuerdo ponga punto final al debate sobre la capitalización bancaria. Aun cuando altos directivos de bancos centrales (como Mark Carney, director del Banco de Inglaterra y presidente del Consejo de Estabilidad Financiera) piensan que el sistema bancario ya está suficientemente capitalizado, muchos no coinciden.

Anat Admati, de Stanford, es partidaria de ratios de capital muy superiores a 20%. Martin Wolf, del Financial Times, plantea un argumento similar; considera que los bancos todavía están peligrosamente inestables. Andrew Haldane, del Banco de Inglaterra, señala que la baja cotización bursátil de los bancos indica que su posición según criterios de mercado no es tan sólida como parece.

Los banqueros, por su parte, apuntan al alto costo del capital, y sostienen que obligarlos a una mayor capitalización supone encarecimiento y contracción del crédito. En Europa, más o menos la mitad de la mejora de los ratios de capital salió de una reducción del otorgamiento de préstamos en vez de la obtención de capital nuevo. De modo que hay pocas coincidencias entre las posiciones de ambos campos.

Así que fue reconfortante encontrar el libro The Right Balance for Banks, deWilliam Cline, que intenta calcular el nivel adecuado de capitalización bancaria. Sobre la base de una amplia variedad de investigaciones y análisis de mercado, Cline sostiene que obligar a los bancos a inmovilizar más capital aumenta hasta cierto punto el costo del crédito. Si bien hay cierta evidencia de que el endeudamiento bancario es más barato cuando el respaldo de capital es alto (lo cual es previsible), la reducción no es uno a uno; y es probable que un encarecimiento del crédito deprima el crecimiento y provoque una merma del bienestar.

Por otra parte, un aumento de la capitalización reduce la incidencia de quiebras bancarias, que imponen altos costos a la economía y a los individuos. Es evidente que reducir la cantidad y gravedad de las crisis es deseable; así que Cline trata de calcular un justo medio, sabiendo que reducir el riesgo de quiebras bancarias a cero sería irracionalmente costoso. Su conclusión es que “el ratio de capital óptimo es entre 7% y 8% del total de activos, que corresponde a entre 12% y 14% de los activos ponderados por riesgo (usando el ratio entre ambas mediciones de activos en los bancos estadounidenses y del área del euro)”.

Son cifras bastante cercanas a los nuevos requisitos de Basilea según los implementan los reguladores nacionales. Por ejemplo, la mayoría de los bancos británicos están apuntando a un nivel de capitalización del 13%, al que suelen agregar un poquito más “por si acaso”.

La metodología de Cline es intuitivamente atractiva. Reconoce que para bancos con importancia sistémica (los famosos “demasiado grandes para quebrar”) tal vez sea razonable subir un poco el ratio. En la escuela regulatoria en la que me formé (el Banco de Inglaterra) se nos instruía no usar nunca esa expresión maldita, por temor a generar precisamente el riesgo moral que uno quiere evitar; pero en el mundo post‑crisis es imposible no usarla.

¿Pondrá el arduo trabajo de Cline fin al debate? Lo dudo: ya me imagino las críticas y los recálculos de modelos estadísticos. Y quitarles presión a los grandes bancos todavía no se traduce en votos. Los directivos de bancos centrales tendrán que conservar la calma, y en cuanto a los banqueros, tendrán que comportarse, que si no, puede que en las orillas del Rin asome un verdadero Basilea IV.

Traducción: Esteban Flamini

http://prosyn.org/9QnvVGi/es;

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