patten120_ Caroline BrehmanCQ Roll Call_amy coney barrett Caroline Brehman/CQ Roll Call/Getty Images

Una mancha en la Corte Suprema de EE. UU.

LONDRES – Nací en 1944 y crecí en un mundo moldeado en gran medida – y bastante bien – por Estados Unidos. El orden de posguerra estableció instituciones, normas mundiales y una alianza de sociedades libres que nos permitió, a la mayoría, prosperar en paz.

Hubo errores, por supuesto, un claro ejemplo fue la guerra de Vietnam. Sin embargo, a pesar de algunos errores estratégicos, a las sociedades abiertas del mundo les fue bien y por lo general respetaron los principios que habían establecido. A través de lo que Joseph S. Nye, Jr., de la Universidad de Harvard, llama «poder suave», Estados Unidos sistemáticamente ganó las discusiones en favor del Estado de derecho y la democracia liberal. Cuando la gente puede elegir libremente, la mayoría prefiere estos valores a las alternativas.

Pensaba en esta digna tradición mientras miraba las audiencias del Senado estadounidense para confirmar a Amy Coney Barret como miembro de la Corte Suprema. Mientras escuchaba el evento, me encontré pensando que, más allá de nuestros fracasos en Gran Bretaña (tenemos muchos... y la cantidad se disparó con Boris Johnson como primer ministro), al menos no necesitamos conocer las opiniones políticas de nuestros jueces. ¿Está el presidente de la Corte Suprema del RU a favor del matrimonio gay o de la protección del acceso al aborto? A nadie se le ocurriría exigir una respuesta a esas preguntas antes de decidir si un candidato judicial está cualificado.

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