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Ucrania otra vez al borde del abismo

La campaña para las elecciones parlamentarias de Ucrania, que se celebrarán el 30 de septiembre, apenas ha comenzado y, sin embargo, el Primer Ministro Viktor Yanukovich ya está intentando robarlas. Yanukovich fue el hombre que intentó falsear el resultado de las elecciones presidenciales de 2004, con lo que provocó la "revolución anaranjada". Entonces se logró al final un resultado pacífico y justo porque el Presidente de Ucrania, Leonid Kuchma, se negó a hacer caso del llamamiento de Yanukovich en pro del uso de la violencia para defender sus elecciones amañadas. Esta vez parece que Yanukovich está dispuesto a hacer cualquier cosa para permanecer en el poder.

Las malas mañas comenzaron en la medianoche del 11 de agosto, cuando la Junta Electoral Central de Ucrania (plagada de hombres de confianza de Yanukovich) se negó a autorizar la participación en las elecciones del mayor partido de oposición, el bloque formado por la ex Primera Ministra Yuliya Tymoshenko. El tecnicismo que citó la Junta sería absurdamente divertido, si sus posibles resultados no fueran incendiarios; la Junta Electoral Central objetó el hecho de que los candidatos del bloque de Tymoshenko declararan sólo su ciudad de residencia en la lista del partido y no su dirección exacta, pero para las elecciones de marzo de 2006el partido de Tymoshenko presentó sin problemas su lista con las mismas características, lo que demuestra el carácter evidentemente partidista de la decisión de la Junta Electoral.

Al intentar aferrarse al poder a toda costa, es probable que Yanukovich provoque el diluvio: en Ucrania eso significa no sólo disturbios violentos, sino también declive económico y una nueva represión. Al final, podría propiciar protestas callejeras en gran escala, como las que caracterizaron la "revolución anaranjada", y el intento de reprimirlas violentamente.

La historia reciente está plagada de ejemplos alarmantes de dictadores y aspirantes a tales que se niegan a reconocer que su momento ha pasado, pero durante los veinte últimos años su evidente trapacería política ha tenido que afrontar una nueva fuerza potente: las voces agrupadas de ciudadanos comunes y corrientes que no se dejan intimidar. Desde la revolución del "poder del pueblo" que derrocó a Ferdinand Marcos en las Filipinas en 1986 hasta las "revoluciones rosada, anaranjada y del cedro" de los últimos años, pasando por el desafío de Borís Yeltsin al intento de golpe de Estado contra Mijail Gorbachov de agosto de 1991, se ha obligado a los dictadores a reconocer su derrota cuando el suficiente número de personas les hace frente.