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Enfrentando la desesperanza francesa

Mientras arden las ciudades francesas, otros países han sido muy severos al juzgar a Francia. Las embajadas han emitido advertencias a los turistas y ciudadanos de su nacionalidad que viven en Francia; los programas de televisión han mostrado horas y horas de imágenes de automóviles en llamas. Parece que los gobiernos de otros países han estado tratando de distanciarse del problema, temiendo un contagio que saben que es probable que ocurra.

Sin embargo, los alcaldes de toda Europa han respondido de manera más moderada, sintiendo y demostrando solidaridad con la difícil situación en que se encuentran sus colegas franceses. Saben que sus ciudades también son vulnerables a la violencia urbana, en tanto tengan bolsones de desigualdad con jóvenes marginados y excluidos.

Lo específico de la situación francesa es que la revuelta tiene como objetivo al estado y, más precisamente, las fuerzas policiales. A diferencia de los disturbios recientes ocurridos en el Reino Unido, que eran interétnicos, las confrontaciones en Francia pusieron a sus protagonistas cara a cara con la policía. De hecho, estos desórdenes no tienen un carácter étnico ni religioso específico, pues han participado en ellos jóvenes de diversos orígenes étnicos.

No hay duda de que los jóvenes pertenecientes a minorías representan una proporción importante de quienes han participado en ellos. Esto se explica fácilmente por su segregación geográfica, sus mayores niveles de desempleo, sus más altos índices de abandono escolar y las interacciones desproporcionadamente frecuentes con el sistema de justicia criminal.