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En casa en la Bahía de Guantánamo

BAHÍA DE GUANTÁNAMO – Escribo esto desde el Centro de Detención de los Estados Unidos en Bahía Guantánamo, donde he permanecido detenido sin acusación formal por casi siete años.

Mi detención aquí se debe a que estuve en el lugar erróneo en el momento equivocado. Hace más de dos años me notificaron que sería liberado. La noticia me habría resultado positiva, si no fuera porque provengo de Uzbekistán, uno de los países con peor historial de violaciones a los derechos humanos en el mundo. No es seguro para mí regresar a casa.

Mi viaje a Guantánamo comenzó en diciembre de 1998, tras haber terminado mi servicio obligatorio en el ejército uzbeko. Uzbekistán, una ex república soviética, es un país pobre sin demasiadas oportunidades de trabajo. Tras varios meses de buscar empleo, me uní a mi hermano en un emprendimiento comercial para comprar y vender manzanas, miel y otros bienes en la vecina Tayikistán. Vivía en una comunidad de uzbecos, y allí conocí a mi esposa, Fátima, otra uzbeca. Tuvimos un hijo, y mi madre vino desde Uzbekistán a vivir con nosotros.

Lamentablemente. A algunos en Tayikistán no les agradaba que hubiese un puñado de uzbecos viviendo en si país. Así, un día de noviembre de 1999 las autoridades tayicas detuvieron a entre 200 y 300 uzbecos y dijeron que nos regresarían a Uzbekistán. En lugar de eso, nos dejaron en Afganistán. Allí conocí a un grupo de uzbecos afganos que nos ayudaron a establecernos en Mazar-i-Sharif. Comencé a trabajar como vendedor viajero, vendiendo leche de cabra, leche, gallinas, gallos y ovejas.