varoufakis53_ Jack TaylorGetty Images_assange Jack Taylor/Getty Images

Primero vinieron por Assange

ATENAS – Mis reuniones con el fundador de WikiLeaks, Julian Assange, siempre tuvieron lugar en la misma habitación pequeña. Como saben los servicios de inteligencia de varios países, visité a Assange en la embajada de Ecuador en Londres muchas veces entre el otoño de 2015 y diciembre de 2018. Lo que estos fisgones no saben es el alivio que sentía cada vez que me iba de allí.

Quería reunirme con Assange por el profundo aprecio que siento por el concepto original de WikiLeaks. Cuando de adolescente leí 1984 de George Orwell, a mí también me inquietaba la perspectiva de un estado vigilante de alta tecnología y su potencial efecto en las relaciones humanas. Los primeros escritos de Assange –particularmente su idea de utilizar la propia tecnología de los estados para crear un inmenso espejo digital que pudiera mostrar a todos lo que estaban haciendo- me colmaron de esperanza de que, en conjunto, podríamos derrotar a Gran Hermano.

Cuando conocí a Assange, esa primera esperanza ya se había desvanecido. Rodeados por bibliotecas abarrotadas de literatura ecuatoriana y publicaciones del gobierno de Ecuador, nos sentábamos y conversábamos hasta bien entrada la noche. Un dispositivo sobre un estante de la biblioteca emitía un ruido blanco agobiante para contrarrestar los dispositivos de escucha. A medida que iba pasando el tiempo, la sala claustrofóbica, la cámara muy mal escondida que me apuntaba desde el cielo raso, el ruido blanco y el aire rancio sólo me producían ganas de salir corriendo a la calle.

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