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Por Roberto Guareschi

De entrada hay que establecer una diferencia. Néstor Kirchner, esposo de Cristina y presidente hasta el 10 de diciembre, no quiso buscar la reelección pese a que estaba habilitado por la ley y contaba con una intención de voto aún superior a la de ella. Según sus allegados, quiso evitar el síndrome del “pato rengo“: la pérdida de poder que sobreviene al final de un segundo período de gobierno. En esa misma, complicada, explicación está la intención: dentro de cuatro años posiblemente Cristina quiera evitar ser un “pato rengo“ y le pasará la posta a Néstor, quien a su vez se retirará a los cuatro años para no ser un “pato rengo“, y así sucesivamente...

En la Argentina la reelección es ilimitada siempre que el mandatario no exceda dos períodos consecutivos; en Estados Unidos, dos períodos consecutivos y nada más.

Los “matrimonios gobernantes“ son un producto de la época. Tienen que ver con el crecimiento de la participación femenina en todos los órdenes y se sustentan en este argumento: ¿Por qué Hillary debería pagar por el hecho de haber sido la esposa de un presidente? Lo mismo para Cristina. Quizás por eso Bill se sintió seguro de poder mostrar la verdad sin tapujos: “Lleve dos por el precio de uno“, ha dicho, con la sonrisa de quien hace un chiste.

Néstor no lo dice ni en broma. Sólo hace saber que él se encargará de organizar un movimiento político que le dará estructura a su proyecto. Nadie cree que ese armado será ajeno al gobierno. Ni que él se abstendrá de aportar su experiencia en la toma de decisiones de su mujer. O sea que, pese al cauteloso silencio de Néstor sobre sus planes futuros, los argentinos han comprado “dos por el precio de uno“. Han votado por la continuidad –el eje implícito de la campaña de Cristina- porque su situación es mucho mejor que cuando estalló la crisis, en el 2001.