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El desorden monetario argentino

CAMBRIDGE: Una vez más, se han puesto en marcha los esfuerzos para hacer que el mundo sea seguro para los banqueros. El FMI está preparando un rescate calculado en 20 mil millones de dólares para evitar que Argentina declare suspensión de pagos a los créditos de los inversionistas extranjeros. Como siempre, a los inversionistas se les pagará, mientras que Argentina se seguirá hundiendo hacia la crisis.

Lo anterior no es nuevo. Argentina estuvo muy mal administrada desde la década de los cuarenta hasta principios de los noventa. Los gobiernos civiles y militares alternaron entre sus políticas monetarias y fiscales irresponsables y un proteccionismo que aisló a Argentina de los mercados mundiales. Esa combinación produjo una enorme deuda externa, un nivel bajo de exportaciones en comparación con el tamaño de la economía y una inflación alta.

A principios de los noventa, el Presidente Carlos Menem y el Ministro de Finanzas, Domingo Cavallo, tomaron medidas drásticas, reduciendo el déficit presupuestario y poniendo fin al proteccionismo. Sin embargo, para combatir la inflación recurrieron a un subterfugio. Fijaron el tipo de cambio del peso argentino a un valor de un peso por dólar, y prometieron que esa tasa no cambiaría nunca. Este sistema se conoce como consejo monetario.

Fijar el tipo de cambio fue, en el mejor de los casos, una apuesta y, en el peor, un error. El tipo de cambio es una válvula de seguridad: cuando una economía deja de ser competitiva –digamos, si la demanda internacional por sus productos decae o si los costos internos se elevan por encima de los de otros países- un decremento en el valor de la moneda puede fomentar la demanda por los productos del país, y con ello, proteger el empleo. Si el tipo de cambio está fijado irrevocablemente, esa válvula de seguridad desaparece. La economía puede seguir siendo poco competitiva durante años, provocando un alto desempleo crónico y un crecimiento muy lento.