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Por qué los economistas no vieron venir la primavera árabe

LONDRES – El sexto aniversario de los levantamientos de la Primavera Árabe este año pasaron inadvertidos. A diferencia de los años anteriores, no hubo ningún torrente de comentarios sobre los tumultuosos eventos que sacudieron al mundo árabe y parecían prometer una transformación de su política. 

Por supuesto, la novedad se va desvaneciendo con el tiempo. Pero el interés menguante por los levantamientos árabes refleja un cambio más profundo: la esperanza de sistemas políticos nuevos y más representativos ha dado lugar a la desesperación, en tanto las revoluciones expectantes se han convertido en contrarrevolución, guerra civil, estados fallidos y un extremismo religioso cada vez más intenso.

Sin embargo, por más ingratos que puedan haber sido los resultados hasta ahora, debemos seguir centrándonos en los levantamientos de la Primavera Árabe, para descubrir sus causas de origen. Como cualquier acontecimiento emblemático, plantearon cuestiones nuevas y difíciles. Y una de las más importantes es por qué los economistas no lograron anticipar el malestar.

Pronosticar un levantamiento político no es tarea fácil. Los economistas tienen antecedentes poco impresionantes incluso cuando se trata de predecir crisis económicas. Pero esta incapacidad de previsión en particular tal vez refleje un problema más profundo en materia de suposiciones y marcos económicos.

En la víspera de su caída, unos pocos autócratas árabes en realidad estaban siendo elogiados por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional por su supuesto éxito a la hora de adoptar las políticas económicas "correctas". El subsiguiente mea culpa del Banco Mundial es un claro indicio de que quizás haya habido un problema con las políticas que habían prescripto para los antiguos regímenes árabes.

Esto plantea una cantidad de otros interrogantes. ¿Los economistas estaban analizando los indicadores incorrectos? ¿Se confundieron por culpa de falsas inferencias? ¿O no estaban prestando suficiente atención a los potenciales escollos? En resumen, ¿fue un problema de datos o de análisis?

La imposibilidad de anticipar revoluciones políticas refleja, al menos en parte, incompetencias conceptuales. La economía tradicional tiende a centrarse en el comportamiento del homo economicus que busca el equilibrio, guiado por una elección racional, cuando los beneficios marginales igualan a los costos marginales. Está demostrado que ese marco conceptual no está bien preparado para lidiar con levantamientos sociales y políticos que difícilmente puedan describirse como cambios marginales.

También este fracaso a la hora de pronosticar conlleve dimensiones empíricas. Muchos de los datos pintaban un panorama bastante favorable de la situación económica en Oriente Medio y el norte de África (MENA). Durante los diez años previos a que estallaran los levantamientos, las economías de la región alcanzaron tasas reales de crecimiento anual del PIB respetables, de alrededor del 4-5%. Estas alzas se vieron de alguna manera diluidas por el crecimiento demográfico que las acompañó, con tasas reales de crecimiento del PIB per capita de alrededor del 2-2,5%. De todos modos, esto representó una mejora significativa comparada con los años 1980 y 1990, cuando las economías de la región MENA estaban muy rezagadas respecto de otras regiones.

También hubo mejoras apreciables en los indicadores de desarrollo humano en los países de la región MENA y, según los criterios convencionales, la desigualdad estaba disminuyendo en algunos de ellos. Por ejemplo, el coeficiente Gini estaba bajando en Egipto. Es más, a pesar de la escasez de datos, los ratios de pobreza, que ya estaban entre los más bajos en el mundo en desarrollo, estaban cayendo en algunos de los países arrasados por la Primavera Árabe -principalmente, en Túnez-. Los países de la región MENA se habían beneficiado, directa o indirectamente, de años de precios internacionales del petróleo favorables -especialmente entre 2002 y 2008, cuando los precios alcanzaron un pico histórico de unos 147 dólares por barril- y se vieron favorecidos gracias a un reciente repunte del ciclo comercial.

Pero, obviamente, no todas son buenas noticias. Cuando estallaron las revoluciones, había muchísimas razones para que la gente común, especialmente los jóvenes y las clases medias educadas, se sintieran políticamente marginados. Las tasas de desempleo -particularmente entre los jóvenes- eran muy altas. Y los autócratas no son precisamente conocidos por asignarle una alta prioridad a la justicia social.

Aun así, la realidad es que los países de la región MENA estaban experimentando mejoras en la prosperidad relativa, no crisis económicas o estancamiento. Esto se opone a gran parte del pensamiento convencional, que asocia las revueltas masivas con una penuria económica y supone que los períodos de relativa prosperidad van de la mano de una inactividad política de las masas.

La política de Aristóteles ofrece una interpretación radicalmente diferente de la relación entre desempeño económico y estabilidad política: "Para asegurarse el poder, un tirano debe mantener a la población en la pobreza, para que la preocupación por conseguir el pan cotidiano la deje sin tiempo para conspirar contra el tirano". Esto no quiere decir que las revoluciones sean un privilegio de los ricos, sino más bien que la creciente prosperidad relativa puede dar lugar a una mayor conciencia de las libertades perdidas y atizar la resistencia en contra de la mala gobernancia.

En cierto punto, la historia confirma esta lectura. La Revolución de 1979 de Irán, al igual que los levantamientos de la Primavera Árabe, ocurrió luego de un crecimiento económico sin precedentes, impulsado por precios internacionales del petróleo sumamente favorables (que se habían cuadruplicado en 1973-1974).

Aún en casos en los que las revoluciones han sido precedidas por crisis económicas, las mejoras previas en la prosperidad pueden haber tenido algo que ver. Según la llamada teoría de la curva J del sociólogo norteamericano James C. Davies, las revoluciones -como la Revolución Rusa de 1917 y la revolución de Egipto de 1952- ocurren cuando períodos de desarrollo económico y social prolongados se revierten de manera brusca y repentina. En otras palabras, no es una clara penuria económica sino, más bien, una frustración ante la disparidad entre la expectativa y la realidad lo que despierta a las masas.

La Primavera Árabe sugiere que un mejor desempeño económico no puede ser visto como una garantía contra la inestabilidad política. Aprender esa lección puede ayudarnos a evitar que un levantamiento político futuro nos tome por sorpresa. Hasta podría permitirnos evitar el tipo de desilusión y desesperación que trajo aparejadas la Primavera Árabe.