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Resistencia a antibióticos: es ahora o nunca

LONDRES – Generalmente, damos por sentado que todas las infecciones son curables, y que la todopoderosa medicina moderna funcionará siempre.

Pero imaginemos una situación distinta: a cierta persona le diagnostican una enfermedad infecciosa potencialmente mortal; en otros tiempos podía tratarse en cuestión de semanas o meses, pero le dicen que ahora el tratamiento durará al menos dos años, y que incluirá varios meses de inyecciones diarias y unas 14 000 pastillas, con graves efectos secundarios. El paciente tiene la “suerte” de pertenecer a la minoría de los que reciben diagnóstico y tratamiento, pero aún así, la probabilidad de que le gane a la enfermedad es sólo 50%.

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La mayoría de nosotros diría que la situación descrita no corresponde a la “medicina moderna”; pero es una realidad trágica para las numerosas personas (500 000 y en alza) que sufren tuberculosis multirresistente a fármacos (TB‑MR). La TB‑MR es resultado de la pérdida de eficacia de los fármacos contra nuevas cepas de organismos infecciosos que antes eran tratables. La tuberculosis se ha vuelto la enfermedad infecciosa más letal del mundo, con mucho más de un millón de muertes al año; y la TB‑MR sigue difundiéndose en países de ingresos bajos y medios, contra los esfuerzos de los médicos por combatirla.

La TB‑MR es una carga enorme para los sistemas sanitarios y las economías, y preanuncio de lo que aguarda a todos los países, ricos o pobres, conforme se difunda la resistencia bacteriana a antibióticos (RBA). De no mediar una respuesta conjunta, las cepas farmacorresistentes de otros organismos infecciosos comunes como el Staphylococcus aureus o la Escherichia coli se extenderán cada vez más, con efectos muy graves en los sistemas sanitarios y la salud de las personas en todo el mundo.

A medida que la RBA vaya provocando pérdida de eficacia de los antibióticos conocidos, procedimientos de rutina (como el transplante de órganos o la quimioterapia oncológica) se volverán cada vez más peligrosos debido a infecciones intratables. El incremento de la RBA puede generar un enorme costo humano y económico: si no se las controla, las infecciones farmacorresistentes pueden cobrarse unos diez millones de vidas al año de aquí a 2050, con un costo acumulado en términos del PIB global de hasta cien billones de dólares.

Sólo el lanzamiento inmediato de una respuesta efectiva puede evitarnos un futuro aciago. Felizmente, en la cumbre del G20 celebrada hace unos días en Hangzhou (China), los gobiernos del grupo incluyeron por primera vez la RBA en la agenda colectiva, lo cual es señal de que la comunidad internacional reconoce que es una amenaza real al desarrollo económico y la prosperidad en todo el mundo. El G20 también hizo el mayor esfuerzo habido hasta la fecha para la reconstitución de las líneas de desarrollo de nuevos antibióticos (que se necesitan con urgencia para reemplazar los que se han vuelto ineficaces) y para la introducción de pruebas diagnósticas que permitan a los médicos clínicos usar con más eficacia los fármacos disponibles.

La reunión de la Asamblea General de las Naciones Unidas que se celebra esta semana en Nueva York es otra oportunidad de mostrar liderazgo global en relación con la RBA. Aquí también será la primera vez que la cuestión figurará en el orden del día; el secretario general Ban Ki-moon y los gobiernos del mundo se comprometerán en una importante reunión de alto nivel a hacer frente al incremento de la resistencia a antibióticos.

Para detener la RBA, la ONU debe basarse en el trabajo iniciado por el G20. Por ser el foro de gobernanza global más grande e inclusivo que tenemos, la ONU es la única institución capaz de convocar los recursos y el compromiso dirigencial que demanda el problema. Pero para ello, debe tomar algunas medidas cruciales.

En primer lugar, los estados miembros de la ONU deben comenzar a unificar la respuesta a la RBA desde todos los organismos regulatorios y sectores pertinentes, entre ellos la atención médica, la agricultura y las finanzas. La ONU es el organismo más indicado para ayudar a hacerlo. Puede convocar a los líderes mundiales y fomentar la cooperación internacional e interorganizacional frente a los problemas económicos y sociales globales; y puede aprovechar el poder de sus propias agencias para movilizar recursos globales contra la RBA.

En segundo lugar, para garantizar un avance sostenido, la ONU debe establecer criterios claros, basados en resultados medibles, y debe comprometerse a volver a poner la RBA en el orden del día de la Asamblea General cada dos años. Esto crearía un marco para la medición del progreso mundial y también enviaría un claro mensaje de que el compromiso de la ONU es a largo plazo y de que la RBA seguirá siendo alta prioridad cuando el actual secretario general deje el cargo.

Por último, para garantizar un progreso continuo en los años venideros, la ONU debe designar un enviado especial para la RBA. Debe ser un puesto de alto nivel, con autoridad para trabajar con los países y organismos de gobernanza multilaterales en pos de asegurar que la batalla contra la RBA no se detenga.

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Hay motivos para ser cautamente optimistas: parece que la RBA finalmente recibe la atención mundial que merece. Pero esa atención también puede ser muy pasajera (como sabemos muy bien quienes asistimos a los debates anteriores y actuales sobre las enfermedades infecciosas). Si no presionamos a nuestros líderes para que cumplan sus compromisos, las consecuencias para todos pueden ser fatales.

Traducción: Esteban Flamini