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Otro fracaso europeo

JERUSALEN: La Unión Europea ha fracasado una vez más. Su incapacidad total para evitar la guerra cerca del corazón de Europa quedó claramente de manifiesto en Bosnia y Kosovo durante la última década. Ahora, la Unión Europea ha fracasado una vez más ante el reto que supone el fenómeno Haider en Austria. Al levantar las tibias sanciones que los 14 miembros de la UE impusieron a Austria en febrero, cualquier discurso en que Europa aparezca como una comunidad de valores sonará más hueco que nunca.

En el caso de Bosnia y Kosovo, Bruselas se mostró completamente irrelevante e incapaz en lo que se refiere al uso –o la amenaza del uso—de la fuerza. Bellas palabras y frases melífluas llenaron muchos documentos, pero cuando Vukovar fue destruida, Dubrovnik bombardeada, Sarajevo sitiada por años, y luego cuando sucedieron los espantosos homicidios masivos en Srebrenica, con lo único que la Unión Europea pudo responder fue con más palabras y muestras de indignación santurrona. Claro que se puede argumentar que la Unión Europea no es una alianza militar. A final de cuentas demostró que –curiosamente—Maquiavelo tenía razón cuando dijo que incluso los profetas tienen que armarse para ser efectivos: el imperativo moral de no permitir otro acontecimiento de genocidio en Europa tuvo que recurrir a las armas de la OTAN para ser eficaz. La Unión Europea siguió produciendo palabras.

Sin embargo, en el caso de Austria, había un sentimiento de que dado que no se trataba de una situación militar, sino de una exclusivamente política y moral, Bruselas –y la esfera de influencia política continental que representa—lograría demostrar su eficiencia. Lamentablemente falló tan estrepitosamente como la Liga de las Naciones en los años treinta.

Revisemos cuál era, y sigue siendo, el problema: en el centro de Europa –y en un país agobiado por las ideologías políticas que permitieron el ascenso de Hitler, austriaco por cierto—Jörg Haider y su partido revivieron el discurso político de la xenofobia, el racismo y el sentimiento visceral en contra de los extranjeros. Es cierto que siempre es difícil para las democracias equilibrar su compromiso con los derechos humanos y su compromiso con la libertad de expresión: es un camino muy difícil de andar y no hay respuestas fáciles a nivel legal o constitucional. No obstante, el problema no es legal ni constitucional, es político. Para preservar la democracia y los derechos humanos, los partidos democráticos se han dado cuenta de que la forma más eficaz para lidiar con los partidos racistas y xenófobos es marginarlos y excluirlos; considerar que están más allá de los límites como aliados potenciales de gobierno.