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Otra historia argentina

El primero es un libro que se llama Los mitos de la historia argentina, tomo dos. El segundo, un libro que se llama Los mitos de la historia argentina, tomo uno. Los dos tienen, por supuesto, el mismo autor: un historiador un poco marginal, cuarenta y cinco años, que se llama Felipe Pigna.

Es raro que la lista de best sellers argentinos esté encabezada por dos volúmenes de un mismo libro –el primero publicado hace unos meses, el segundo ahora mismo. Y, sin embargo, lo mismo sucedió hace un año, cuando Argentinos 1 y Argentinos 2 de Jorge Lanata, ocupaban los dos primeros puestos. Jorge Lanata es uno de los periodistas más conocidos del país y su libro era, también, una relectura de la historia argentina. El público local, es evidente, está ávido por encontrar su propia historia.

La crisis argentina de los últimos años estuvo en las portadas de los diarios del mundo. Se hablaba de una crisis económica y social: del default y la devaluación, la desocupación y la pobreza. Se contaba, en síntesis, cómo un país latinoamericano que pareció no serlo está logrando que sus constantes vitales se acerquen a las del resto de Latinoamérica: un Estado que no garantiza salud, seguridad y educación, una concentración de la riqueza en manos de muy pocos la diferencia creciente entre los ricos y los pobres, la exclusión de la mitad de la población de los circuitos de consumo, la caída de la clase media, la baja de la industrialización a favor de la producción de materias primas. Todo eso es cierto, innegable. Y, sin embargo, suelo pensar que lo más importante había sucedido unos años antes –y nadie lo notó.

La Argentina fue, desde fines del siglo XIX, el país del futuro. Un país al que llegaban millones de inmigrantes que querían hacerlo su país, hacerlo, y que obtenían, a cambio, la esperanza de un mañana desahogado. La Argentina era la tierra de la gran promesa, siempre a punto de ser, siempre en la puerta. En lo colectivo, esa idea se manifestaba en la supuesta construcción del “gran país que todos nos merecemos”; en lo individual, en aquello de “m’hijo del dotor”, la convicción que tenían los inmigrantes de que sus hijos vivirían mejor que ellos, y los hijos de sus hijos a su vez.