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Las emisiones cero son un imperativo

DAVOS – Nuestro planeta se está calentando de manera peligrosa. Y, tal como el informe 2013 del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático deja en claro, es muy probable que las culpables de dicho calentamiento sean nuestras emisiones de dióxido de carbono durante el último medio siglo. Si deseamos evitar la catástrofe, necesitamos un enfoque más robusto con relación al calentamiento global. A diferencia de la reciente crisis financiera, en el caso del clima de la tierra no existe la opción de implementar un plan de rescate.

Hace tres años, en la reunión sobre el cambio climático de la 16 Conferencia de las Partes de las Naciones Unidas en Cancún, los países se comprometieron a reducir sus emisiones hasta el año 2020, hasta que las mismas se reduzcan a un punto en el que se evite que la temperatura promedio mundial aumente en más de 2° C, sobre los niveles preindustriales. Sin embargo, las estimaciones de la ONU muestran que las tendencias actuales conducirían a que el mundo solamente logre avanzar entre un 25 al 50% del camino hacia el logro de dicho objetivo.

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Es por ello que convoco a todos los gobiernos para que ellos sean más ambiciosos – para que los países aspiren a lograr emisiones netas cero, con relación a los combustibles fósiles, hasta finales de la segunda mitad de este siglo. Nada que sea menor a una transformación total de la economía de la energía será suficiente.

Esta misma semana, la Comisión Europea dio a conocer los nuevos objetivos energéticos y climáticos para el año 2030 – convocando a reducir el 40% en las emisiones de gases de efecto invernadero en el bloque, tomando como punto de partida los niveles del año 1990; además, convocó a lograr que un 27% de la energía provenga de fuentes renovables. Este es un paso muy importante, y más países deberían seguir este ejemplo.

Sin duda, nos encontramos con enormes obstáculos. Dos tercios de la generación de electricidad, y casi el 95% de la energía consumida por los sistemas de transporte del mundo, provienen de los combustibles fósiles. Nuestra seguridad energética está cada vez más ligada a la explotación de depósitos no convencionales de combustibles fósiles, como el gas de esquisto, especialmente en Estados Unidos. En muchos casos, las tecnologías que son intensivas en carbono continúan siendo más rentables que las tecnologías alternativas con bajas emisiones de carbono. Es más, los gobiernos con problemas de liquidez continúan alentando la exploración de petróleo y gas, en parte, porque las rentas que algunos de estos países reciben dan cuenta de una gran parte de sus ingresos.

Pero el cambio es posible. Hay una enorme brecha entre lo que los gobiernos prometen llevar a cabo en cuanto al cambio climático y sus políticas al respecto, mismas que a menudo son incompatibles (e incluso pueden llegar a ser incoherentes) con dichos objetivos. Aún cuando dichos gobiernos aparentemente dan su apoyo a tecnologías más verdes, dichos gobiernos tienen la propensión a realizar cambios repentinos de política, a veces de manera retroactiva, dejando a las empresas reacias a comprometerse con inversiones significativas, o incluso completamente reacias a tomar en serio las declaraciones oficiales.

Creo que podemos realizar avances sustanciales y rápidos mediante el establecimiento de una dirección clara en tres temas:

Establecimiento de un precio para el carbono. Al fijar el precio del costo del carbono, podemos manejar su uso (o su no uso). Más de 40 países ya han implementado algún tipo de impuesto sobre el carbono o un régimen de comercio de derechos de emisión. Los regímenes de comercio de derechos de emisión a menudo son políticamente más atractivos, porque pueden ser flexibles (aunque su diseño e implementación podría mejorarse en muchos casos). Sin embargo, podemos ser más audaces. Varios gobiernos han introducido con éxito impuestos al carbono, sin afectar adversamente el crecimiento, y nosotros debemos alentar a que más países sigan estos ejemplos.

Reducción de los subsidios a los combustibles fósiles. La OCDE estima de que los subsidios a los combustibles fósiles en los países miembros de esta institución ascendieron a un cifra que recae entre $55 a 90 miles de millones de dólares cada año, desde el año 2005 al 2011. Además, la Agencia Internacional de Energía estima que los subsidios a los combustibles fósiles en el año 2012 a nivel mundial aumentaron hasta alcanzar un nivel de $544 mil millones dólares. La mayoría de dichos subsidios deben ser desechados; la industria de la energía no necesita mayor ayuda estatal para quemar combustibles fósiles (y, en las economías emergentes y en las en desarrollo los subsidios son enormemente ineficientes y probablemente son una forma innecesaria de ayuda a los pobres).

Clarificación de las políticas. Los gobiernos deben abordar las inconsistencias en sus estrategias energéticas, deben considerar vínculos con las políticas económicas más amplias, y deben dejar de enviar señales contradictorias a los consumidores, los productores y los inversores. En especial, deben evaluar si se han implementado las disposiciones reglamentarias adecuadas para permitir que se realicen inversiones en energía limpia que compitan sobre una base de rentabilidad ajustada al riesgo. Esto será esencial en caso de que los inversores vayan a reorientar las inversiones hacia alternativas amigables con el clima.

La OCDE hará su parte. Con el fin de comprender y comparar con mayor precisión el desempeño de los países, a partir de ahora los Estudios Económicos de la OCDE incluirán datos y análisis de las políticas climáticas. Hasta mediados del año 2015 esperamos tener una idea clara de los avances logrados y de los desafíos que aún quedan en los países de la OCDE y en todas las principales economías emergentes – y esperamos haber asesorado a estos países sobre cómo pueden realísticamente aumentar el nivel de ambición y la rentabilidad de sus políticas.

Estos pasos son los que darán señales sobre que el precio de las emisiones debe elevarse sustancialmente, si lo que deseamos es alcanzar nuestra meta de emisiones netas cero. La transformación no estará exenta de costos, y los gobiernos deben ser francos con sus electores acerca de los impactos sociales y económicos de dicha transformación. Pero un mundo con emisiones bajas de carbono y que actué con resiliencia frente al clima ofrecerá nuevas oportunidades económicas.

Es aún más importante considerar que la opción alternativa a la antes descrita – es decir, la no acción, o la muy poca acción – sería mucho más cara en el largo plazo. El Huracán Sandy, por ejemplo, costó a EE.UU. el equivalente a 0,5 % de su PIB. Es probable que la factura anual de las acciones de protección contra inundaciones en las ciudades costeras de todo el mundo aumente hasta llegar a un nivel que supere los $50 miles de millones de dólares hasta el año 2050. Las consecuencias para los países en desarrollo son mucho más funestas: el Tifón Haiyan, que afectó a Filipinas en el año 2013 fue un duro recordatorio de cuán vulnerables son los países pobres frente al cambio climático.

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Si el mundo va a evitar un enfrentamiento con la naturaleza – es decir, un enfrentamiento en el que con seguridad la humanidad no podrá ganar – debemos actuar con valentía en todos los frentes, en especial con respecto a la fijación de los precios del carbono y a la coherencia de nuestras políticas económicas y energéticas. Es más, nosotros tenemos que hacer todo esto ahora.

Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.