Siria desamparada

MADRID – En este año de conmemoraciones omnipresentes, nadie parece prestar la atención debida al centenario del nacimiento de Jan Karski. Y, sin embargo, el legado de Karski cobra hoy especial relevancia –en particular en lo que a Siria se refiere-. Con el proceso de paz de Ginebra II avanzando penosamente, mientras siguen amontonándose cadáveres y atrocidades, la labor de Karski durante la Segunda Guerra Mundial por dar a conocer al mundo el horror que padecían los judíos en Polonia, frente a la inactividad de gobiernos y público en general, simboliza exactamente lo que Siria está pidiendo a gritos.

En 1942, Karski, diplomático polaco, viajó al Reino Unido para denunciar lo que más tarde se denominaría el Holocausto. Al año siguiente, se embarcó en una misión a Estados Unidos para informar al presidente Franklin D. Roosevelt y otros mandatarios de las atrocidades que había presenciado. En ambos casos fue recibido con escepticismo y apatía. De hecho, no fue sino hacia el final de la guerra cuando se tomaron medidas para detener la masacre.

Aunque el Holocausto representa una categoría de persecución sui generis, es inevitable pensar en Karski a la luz de la presente inactividad que se cierne sobre Siria. Las expectativas ante la cumbre de Ginebra son tan bajas que asuntos triviales, como el hecho de que los negociadores del presidente Bashar al-Assad y la oposición estén sentados juntos en la misma habitación (aunque no en la misma mesa), son elevados a la categoría de éxitos.

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