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Europa a examen en Ucrania

MADRID – Ucrania nos ha inundado y sobrecogido con imágenes fuerza: los manifestantes de la plaza Maidan de Kiev resistiendo con valentía meses de frío lacerante, embestidas policiales y balas de francotiradores; el oro de los accesorios de baño de la opulenta residencia del Presidente depuesto Viktor Yanukovich; Yulia Tymoshenko saliendo de la cárcel en silla de ruedas para dirigirse con voz quebrada a sus compatriotas. Y ahora tropas rusas en las calles de ciudades de Crimea.

En un momento en que la autoconfianza de Europa atraviesa sus horas más bajas, el arrojo de que han hecho gala los ucranios para derrocar un sistema político corrompido nos ha recordado cuáles son sus valores fundamentales, que son los nuestros. La cuestión es que respuesta va a dar Europa.

Con la autorización por la Duma, a iniciativa del Presidente Vladimir Putin, del envío de efectivos militares rusos a Ucrania (es significativo que no se restringe a Crimea), el espejismo de ver en la destitución de Yanukovich una señal de que Ucrania se adentraba en una nueva era, se alejaba inexorablemente de Rusia y buscaba refugio en el redil democrático europeo, se ha esfumado. Sorprendidos por una realidad que deberían haber previsto, nuestros líderes han de reconocer que Ucrania se enfrenta a profundas divisiones internas y fuerzas geopolíticas en conflicto.

Ucrania es un país desgarrado por tensiones culturales arraigadas, resultado de una historia de ocupación a manos de potencias extranjeras. En el siglo XVII, la lucha entre cosacos, rusos y la Mancomunidad de Polonia-Lituania por el control de Ucrania dio lugar a una división a lo largo del río Dnieper. Y, pese a que la separación desapareció formalmente tras la segunda partición de Polonia en 1793, su legado se mantiene vivo aún hoy.