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¿Un hombre honesto?

En su efusivo elogio al Presidente George W. Bush, el ex redactor de los discursos presidenciales, David Frum, nos cuenta que su jefe "miraba con desprecio las pequeñas faltas a la verdad de los políticos". Nos hace saber, por ejemplo, que cuando se le pidió preparar un discurso radial para el día siguiente, comenzó a leer ``Hoy estoy en California'' y rápidamente interrumpió la lectura, diciendo con exasperación, "Pero es que no estoy en California". Frum pensó que esto era un poquito pedante, pero concluye que es un elemento emblemático del carácter del Presidente y que ``el país podía confiar en que la administración Bush no haría trampas ni mentiría''.

Qué equivocado parece Frum ahora.

Bush puede considerar ingenuamente que es una mentira, y por lo tanto algo erróneo, el decir que está en California al grabar un discurso desde Washington. Pero no ve nada grave en engañar a su país y al mundo acerca de las armas de destrucción masiva de Irak. Como hemos visto, la Casa Blanca fundamentó la guerra en un dossier de evidencias altamente selectivo, y Bush hizo declaraciones acerca de los intentos de Irak por comprar uranio en África que él y su equipo sabían que eran altamente cuestionables, si no falsas.

Cuando surgieron preguntas acerca de cómo se permitió que la declaración acerca del uranio formara parte del discurso de Bush sobre el Estado de la Unión, tanto la Asesora de Seguridad Nacional, Condoleeza Rice, como el Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, argumentaron que no se trataba de una mentira. Su razonamiento indica que ellos, al igual que el Presidente, tienen una noción infantilmente literal de qué es mentir.