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El excepcionalismo estadounidense contraataca

BERKELEY – Una vez más, Estados Unidos destaca como líder mundial, pero no por ninguna razón que otros países quisieran imitar. En la mayor parte del Norte Global, la tasa de infección de COVID-19 se ha reducido a cerca de una por cada 5000 personas. Cuando surgen nuevos casos, en su mayoría se detectan rápidamente mediante pruebas, para ser contenidos con seguimiento de contactos y cuarentenas. Gracias a estos protocolos, muchos países han podido reducir la tasa de reproducción del COVID-19 a menos de uno, punto en el que el virus acabaría por ser eliminado por no tener nuevos anfitriones a los que infectar.

Más aún, en toda Europa, Asia y varias otras partes del planeta la mayoría de la gente reconoce la necesidad del distanciamiento social y el uso de mascarillas, sin ver estas precauciones como un atentado a su “libertad”. En los lugares donde estas medidas de sentido común se han convertido en la norma, se puede prever que la tasa de fallecimientos por COVID-19 pueda mantenerse por debajo de una por cada 1000 personas, lo que equivale a cerca de un décimo de la mortandad causada por la epidemia de “gripe española” a fines de la Primera Guerra Mundial.

Hay también muchas razones para predecir una recuperación económica relativamente veloz, siempre que los gobiernos recuerden que el mercado se creó para y por las personas, y no al revés. Tras hacer frente a la emergencia de salud pública, la gran prioridad debería ser lograr el retorno al pleno empleo, y esto no se debe sacrificar en el altar de la austeridad y la ortodoxia financiera.

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