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La guerra de los Estados Unidos consigo mismos en el Asia central

WASHINGTON, D.C. – En el palizón que llevan un decenio dándose para mantener la seguridad del Afganistán, los Estados Unidos han hecho malabarismos con políticas exteriores contradictorias en el Uzbekistán y el Kirguizistán, los frágiles Estados del Asia central que desempeñan decisivos papeles de apoyo en la guerra. Una es la política de relaciones con esos dos Estados postsoviéticos en sí mismos, encaminada a fomentar la gestión idónea de los asuntos públicos, los derechos humanos y los vínculos comerciales: el habitual cajón de sastre de la diplomacia de los EE.UU. La otra es la política destinada a utilizarlos como centros de comunicaciones para la guerra del Afganistán.

Lamentablemente, las dos políticas han resultado con frecuencia antagónicas, lo que ha menoscabado la influencia a largo plazo de los Estados Unidos en esa región y a veces también su capacidad para hacer la guerra. Y, a medida que los EE.UU. aportan más tropas y dinero al Afganistán, se antepone una vez más la conveniencia militar a los fines de otras políticas en el Asia central.

En ciertos sentidos, es comprensible: los EE.UU. tienen que reñir una guerra con un breve plazo autoimpuesto. Los proyectos difusos y buenistas encaminados a fomentar los derechos humanos y la gestión idónea de los asuntos públicos en una región contigua y de menor importancia deben esperar.

Pero esa concepción no entiende que un Asia central debilitada, corrupta y abusiva no redundará en beneficio de los Estados Unidos ni –si vamos al caso– del Afganistán. En el Pakistán, el Gobierno del Afganistán tiene un vecino grande, escindido y casi ingobernable. Una actitud más práctica es la de equilibrar las necesidades de seguridad, reales y apremiantes, de los Estados Unidos en el Afganistán con una política más positiva en el Asia central.