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Los "Grouchomarxistas" de Estados Unidos

LONDRES – Groucho Marx siempre ha sido mi marxista favorito. Una de sus bromas llega al corazón del fracaso de la ideología -la religión dogmática- infligida a nuestro pobre mundo por su homónimo, Karl.

"¿A quién le van a creer", preguntó una vez Groucho, "a mí o a sus propios ojos?" Para cientos de millones de ciudadanos en los países de régimen comunista en el siglo XX, quien formulaba la pregunta era un dictador o una oligarquía que gobernaba con poderes totalitarios o autoritarios. No importaba lo que uno pudiera ver con sus propios ojos. Tenía que aceptar lo que le decían sobre cómo era el mundo. La realidad era cualquier cosa que dijera el partido gobernante.

El sucesor designado de Mao Zetung en China, Hua Guofeng, elevó esta actitud a una forma artística. Se lo conocía como un "defensor de no importa qué". El Partido y el pueblo debían seguir lealmente no importa lo que Mao les dijo que hicieran.

Groucho planteó dos problemas insuperables para los "defensores de no importa qué" dentro del comunismo. Primero, nuestros propios ojos y nuestra razón seguramente nos dirían enseguida que el idilio comunista -la desaparición gradual del estado y el triunfo sobre la necesidad- nunca llegaría. El comunismo, como el horizonte, siempre estaba fuera de alcance. Sería interesante saber cuántos de aquellos en la Escuela Central del Partido en Beijing -el principal instituto educativo del partido- creen que el estado chino está por desaparecer, o que alguna vez lo hará.