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El fracaso de la militarizada política exterior americana

Muchas de las zonas actuales de guerra –incluidos el Afganistán, Etiopía, el Irán, el Iraq, el Pakistán, Somalia y el Sudán– comparten problemas básicos que están en la raíz de sus conflictos. Todas ellas son pobres, están sacudidas por desastres naturales –en particular, inundaciones, sequías y terremotos– y tienen una población en rápido crecimiento que presiona sobre la capacidad de la tierra para alimentarla. Además, la proporción de su juventud es muy elevada y rebosan de jóvenes en edad militar (de edades comprendidas entre 15 y 24 años).

Sólo mediante un desarrollo económico sostenible a largo plazo se pueden resolver todos esos problemas. Sin embargo, los Estados Unidos, al intentar abordar todos los conflictos por medios militares, persisten en reaccionar ante los síntomas y no ante las condiciones subyacentes. Respaldan al ejército etíope en Somalia. Ocupan el Iraq y el Afganistán. Amenazan con bombardear el Irán. Apoyan la dictadura militar en el Pakistán.

Ninguna de esas acciones militares aborda los problemas que provocan conflictos en primer lugar. Al contrario, las políticas americanas suelen agravar la situación en lugar de resolverla.

Una y otra vez, ese planteamiento militar vuelve a asediar a los Estados Unidos. Este país se puso de parte del Sha del Irán al enviarle armamento en gran escala, que cayó en manos del gobierno revolucionario iraní en 1979. Después los EE.UU. respaldaron a Sadam Husein en su ataque al Irán hasta que acabaron atacando al propio Sadam. Los EE.UU. respaldaron a Osama ben Laden en el Afganistán contra los soviéticos hasta que acabaron luchando contra él. Desde 2001, los EE.UU. han apoyado a Pervez Musharraf en el Pakistán con más de 10.000 millones de dólares y ahora afrontan un régimen inestable que apenas si sobrevive.